30 de abril de 2013



Recuerdo que a muchos les embargaba la emoción cuando veían su oronda pero imponente figura, y él, como cualquiera que estuviese en su lugar, se dejaba halagar. Así era mi tío Leónidas, que era murciano de pura cepa y hombre perspicaz quien desde muy joven quiso ser un “bon vivant”, algo para lo que no hacía falta estudios, decía, sino tener vista, buen apetito, estar en el lugar adecuado y aprovechar cuanta oportunidad se presentase. Algo que llevó a la práctica cuando se dio cuenta de su parecido físico con un mandatario conocido en aquellos años y se dejó llevar por los acontecimientos ya que, al fin y al cabo, tampoco implicaba mucho esfuerzo, palabra que el tío había desterrado de su vocabulario. Él, en un momento de lucidez, se las ingenió para crear eso de “que vienen los rusos” justo cuando se puso de moda el turismo, las suecas y las urbanizaciones en la costa. No les puedo decir mucho más, porque yo en aquel entonces era un niño y tampoco mis padres me contaban demasiado sobre él, ya que, según supe de mayor, pensaban que podía ser una mala influencia para mí y mi futuro. Y aún así, a mí me resultaba muy divertido ver al tío decir palabras en ruso, por la cosa de impresionar a los lugareños y darle más veracidad a su timo. Aunque la mejor anécdota fue la del fotógrafo de una importante revista americana que sorprendió al tío con la panza al aire y su hipnótico bañador creyendo que tenía una gran exclusiva. Muchos años después descubrí que aquella fotografía se había visto en medio globo ya que salió, incluso, en algunas portadas. Pero lo más gracioso fue saber que todo el mundo vio al tío pensando que era el otro, y el tío nunca se enteró de nada, porque en esos tiempos allí, donde él vivía, no llegaban las revistas extranjeras.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Samotsvety - Не повторяется такое никогда (1974)(http://www.youtube.com/watch?v=glZ0LdnnJlo) 

29 de abril de 2013



Cuando nacieron los cuatrillizos McClure se produjo un enorme revuelo en el Long Prairie Memorial Hospital, Minnesota. Durante el parto, que a priori era muy delicado, el veterano cirujano jefe, el Dr. Daniel J. Weaver, vio algo inaudito que hizo encender todas las alarmas, por lo que dio orden al equipo médico de poner en marcha los protocolos establecidos para casos de esa envergadura. El temor generado ante el aspecto que presentaban las criaturas hizo pensar a los clínicos que se hallaban ante un insólito fenómeno científico, surgiendo una primera hipótesis que apuntaba a la posibilidad de que una bacteria de origen extraterrestre fuese la causa de aquella extraña mutación, lo que podría ser causa, si no se tomaban las cautelas necesarias, de una posible epidemia. De ahí que, como medida preventiva, se dio además aviso a varias organizaciones gubernamentales y científicas. Hasta que, varias horas después, el enfermero Jimmy Moore cayó en la cuenta de que con tanto ajetreo se habían olvidado del padre de las criaturas, el Sr. McClure, chatarrero de profesión, que llevaba horas en la sala de espera ajeno a la tensión generada por el nacimiento de sus retoños. Al parecer, nada más conocer el descuido, el Dr. Weaver se apresuró a ir a hablar con él para examinarle por si fuese portador de virus, ya que podía significar un potencial caso de contagio. Pero al verle tuvo una repentina intuición que después confirmaron los análisis. El Sr. McClure gozaba de una envidiable salud, y las supuestas mutaciones de sus retoños no eran tales, sino, simplemente, cosa de la caprichosa genética, tan poco complaciente desde hacía generaciones con los McClure.

(Foto: cortesía de Étnia Étnica)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Billie Holiday - Why was I born (http://www.youtube.com/watch?v=sr-eR_t6fcc)

26 de abril de 2013



Dicen que Anselm Friedlander era un verdadero genio con el contrabajo de bidón, a cuya cuerda le sacaba infinidad de sonoridades, que Hans Weiman era un virtuoso con el banjo y Otto Reiter un portento con la guitarra. Eran los mejores intérpretes de Bluegrass que jamás había escuchado en su vida, cuentan que dijo Uncle Tom Davison, quien, al parecer, había asistido al único concierto que dio el trío en Offenburg por la simple razón de que eran sus teloneros. De ahí que siempre ha existido la duda sobre si las palabras de Davison fueron en realidad mera cortesía, dado el caluroso recibimiento que obtuvo por parte de Anselm, Hans y Otto quienes, además de agasajarle, dicen, fueron los únicos espectadores que tuvo el veterano músico de Kentucky durante su actuación. Algo normal en Offenburg, dicen, una localidad de tradiciones y costumbres tan arraigadas que, a quien tuviese un resquicio de originalidad enseguida se le miraba con recelo. Lo venido de fuera, pensaban los ancianos, era cosa del demonio que sólo traía malas influencias a la juventud. Por esa razón, dicen, el trío de Anselm cayó en desgracia, sufriendo la más injusta incomprensión y viéndose con ello forzado a recluirse en la cabaña que tenía el padre de Hans en las afueras de la villa. Pero, al parecer, y tras varios años de investigación, el crítico musical Ulrich Mueller pudo verificar en 1997 que la figura de Davison era ficticia, que no existen grabaciones del trío, que, según su nieto, la única relación de Anselm con la música fue que le detuvieron en 1933 porque hallaron en su casa un disco de The Carter Family que para las autoridades del lugar era arte degenerado, y que todos estos acontecimientos, en realidad, fueron fruto de la imaginación popular de Offenburg en su imperecedera intención por crear una leyenda que sirviese como reclamo turístico del municipio.

· Fondo musical para acompañar la lectura: The Carter Family - Wildwood flower (https://www.youtube.com/watch?v=ewnfWoSQz3o)

25 de abril de 2013



Nunca se pudo imaginar Sir Cedric Hightower que el peor quebradero de cabeza en sus setenta años de vida estaría en el seno de su propia familia. Él, que había pasado dos guerras mundiales, no pudo dar crédito a sus ojos cuando vio a su sobrina Edith Duschesnes en plena comunión con la naturaleza. Sir Cedric no puso objeción alguna a que ella buscase la trascendencia, y que la hallase en la conexión con la tierra, aunque ello implicase el inconveniente de llenarse los pies de arena. Pero culpabilizaba a la universidad de todas esas extravagancias que, con sus ideas renovadoras, decía, estaban averiando a las nuevas generaciones, conduciéndoles hacia una profunda desorientación. Pero todo eso era pura bravuconada para mantener las apariencias, porque Sir Cedric, y a pesar de su poblado mostacho que le daba un aspecto fiero, era en el fondo un sentimental. Y, aunque el ataque de espiritualidad de su sobrina le pareciese un capricho pasajero, lo que no podía soportar era que ésta eligiese establecer sus conexiones en los hoyos del campo de golf del que era socio, ya que, una vez agrandados, le quitaban emoción al juego.

(Foto: cortesía de Rosendo Cid)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Paul Whiteman - My blue heaven(https://www.youtube.com/watch?v=xFurKUxafRk)

24 de abril de 2013



Gervais Lebrat, o Monsieur Lebrat, como le llamaban sus empleados, era un hombre que, tras terminar sus estudios universitarios, se convirtió en un importante empresario, llegando a ser el principal fabricante de bombonas de Francia. Ya desde su juventud mostró una insólita seriedad que le hizo destacar sobre sus compañeros, mucho más entregados a las cosas propias de la edad, creándole fama de ser el chico perfecto que toda madre hubiese deseado tener como hijo. Y toda suegra como yerno, ya que, al parecer, muchas jovencitas lo pretendieron dado su buen porte y prometedor futuro, aunque no sonriese jamás, llevándose el gato al agua Huguette Pelletier, la hija de un importador de legumbres en conserva. Lebrat fue un hombre perfeccionista, un trabajador incansable, extremadamente riguroso con los horarios, sus costumbres y sus hijos, y a quien nadie le vio contar chistes, hacer bromas, cometer error o traspié alguno. Es por eso que, varios años después de su muerte, sus hijos tuvieron que hacer lo indecible cuando salió a la luz aquella comprometedora fotografía en la que un Lebrat sonriente celebra con la V de la victoria un nuevo record de ventas, temerosos de que perjudicase el nombre de la compañía, y sobre todo, de que su madre, por su avanzada edad, pudiese llevarse un monumental disgusto ya que ella tampoco le vio nunca reír.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Rina Ketty - Un regard, un sourire (https://www.youtube.com/watch?v=hhtPb_9SMvw)

23 de abril de 2013



Nunca, después de más de treinta años entregado intensamente al estudio del firmamento, el astrónomo ruso Anatoli Konstantinov había vivido algo tan extraordinario como cuando llegó a aquel lugar, dejando plena constancia de ello en su diario para conocimiento, decía, de las siguientes generaciones de científicos. Según cuenta, fue durante un viaje a la estepa, mientras buscaba por encargo del Instituto Aeroespacial de Moscú un sitio para instalar un nuevo observatorio astronómico. Según Anatoli, llevaba algo más de cinco horas caminando cuando apareció, como venido de la nada, un inquietante grupo de extraños seres quienes sin emitir ruido alguno se pararon ante él, inmóviles, mirando fijamente su figura. Anatoli escribe que un hormigueo comenzó a recorrer su cuerpo mientras observaba, atónito, a todos aquellos entes estáticos. Era un momento histórico, pensó por un momento. El tan ansiado contacto se había producido y además con una colonia entera. Cuando levantó el antebrazo e hizo varias veces el gesto de saludo con la mano, vio que algunos comenzaron a ladear ligeramente sus cabezas. Anatoli dice que después perdió el conocimiento y que lo siguiente que recuerda es la habitación de un hospital. Hasta que falleció por causas naturales en 1940, tres años después del insólito encuentro, Anatoli siempre defendió con empecinamiento que todo cuanto vio fue real, sin saber que, precisamente, aquel día se había producido la rotura de un conducto de gas de considerables dimensiones.

(Foto: cortesía de Paloma Canivet)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Johann Sebastian Bach - Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ f-moll BWV 639 (https://www.youtube.com/watch?v=X9Dh43kVL1Q)

22 de abril de 2013



Recuerdo que no nos podíamos quitar esas chicas de la cabeza, sobre todo en primavera, en un momento de nuestras vidas en que estábamos deseosos de emociones y aventuras, precisamente lo que nos negaba a mis amigos y a mí el internado al que nos mandaban nuestros padres cada año para que nos convirtiésemos en futuros hombres de provecho. Pero la ventaja de aquel grisáceo lugar era que estaba a las afueras de una pequeña ciudad costera, y que cerca, tras una espesa arboleda, estaba el de las chicas. Teníamos controlados sus horarios, sobre todo el de las clases de gimnasia, porque cuando llegaba el buen tiempo, salían a correr por la playa, que eran las únicas ocasiones en las que podíamos contemplar un poco más de la anatomía femenina. Algo que habitualmente era imposible ver porque en esa época la moda eran los vestidos que llegaban hasta el suelo, con lo cual, la visión de aquellas sílfides se convertía en un festín para nuestros ojos. Nunca hicimos nada malo, sólo hacer novillos para ir a mirar, y algo más, ya que Paul llevaba su pequeña cámara para inmortalizar esos instantes que pasaban como un suspiro. Nunca supimos si ellas lo sabían, aunque ahora, después de tantos años, supongo que sí, ya que tampoco éramos muy hábiles enterrándanos en las dunas para pasar desapercibidos ante su profesora, la Señorita Witherspoon, que era una mujer con bastante mal genio.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Al Bowlly - Midnight, the stars and you (https://www.youtube.com/watch?v=Rb9t9kPRAH8)

19 de abril de 2013



Archibald Bardsley fue un eminente especialista en robótica que tenía su laboratorio en el MIT, es decir, el Massachussets Institute of Technology, y cuyas experiencias le llevaron a obtener una cierta notoriedad en aquella época. A pesar de que muchos le consideraban el arquetipo del científico ensimismado en su mundo, es decir, un tipo aburrido pero brillante, con sempiternas gafas de pasta e impoluta bata blanca, lo cierto es que hubo un tiempo en que generó una gran expectación en cada congreso o seminario que participaba por sus innovadoras ideas. Pero el gran drama que sumió a Archibald en una profunda crisis que le llevó a abandonar sus investigaciones y retirarse a una residencia de Nueva Inglaterra fue el robot X7, un innovador prototipo destinado a cambiar de forma radical los usos y costumbres de la sociedad del aquel entonces. Porque X7 era el androide perfecto, diseñado para realizar cualquier tipo de función con extrema precisión. Según algunos testimonios, el día que lo presentó en un congreso de Harvard generó un entusiasmo como pocas veces se había vivido en el campus. Hasta que, unos días después, el agente Nichols, un hombre de férreos principios y poco versado en ciencias, demostró, inconscientemente, que X7 tenía un fallo. Dicen que el oficial no tuvo en cuenta la fisonomía del multado por la simple razón de que su sentido del deber le obligaba a aplicar la ley sin distinciones de sexo, raza o religión.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Clara Rockmore - Vocalise (https://www.youtube.com/watch?v=WPZQi2m7i9Y)

18 de abril de 2013



Desde el día mismo en que se jubiló y dada su desmesurada afición a las novelas negras, el Sr. Baxter, nuestro orondo vecino de la casa de al lado, se entregó con entusiasmo a la investigación de todo cuanto misterio sucedía en nuestro vecindario. Para mí era un hombre muy afable, aunque era consciente que provocaba una extraña inquietud en muchos vecinos por su capacidad para transformarse en una presencia invisible que observaba cada movimiento de la urbanización. Es por ello que aquel día, cuando el Sr. Garnett apareció tendido en el césped de su casa con una piel de marta alrededor del cuello, el Sr. Baxter conocía perfectamente los hechos. El Sr. Garnett era un hombre de una gran discreción, parco en palabras y de quien apenas se conocían detalles de su vida, salvo que trabajaba en las oficinas de una importante compañía telefónica. Ni siquiera recibía visitas de amigos, como tampoco organizaba jaranas. Es por eso que, gracias al insomnio del Sr. Baxter, el caso tuvo una resolución rápida y sin incidencias porque, cuando algunos vecinos acudieron al lugar de los hechos alertados por tan insólito descubrimiento, éste, que había sacado una instantánea con los primeros rayos de luz, los tranquilizó de inmediato al mostrarles que el Sr. Garnett yacía en el más plácido de los sueños. Según su testimonio, todo ocurrió de madrugada, cuando una atractiva mujer le había llevado hasta su casa. Al parecer, ambos habían descendido del automóvil con dificultades para mantener el equilibrio. Ella, tras rodearle con sus pieles, tiró de él para acercar su cara a la suya. Le dio un beso, de esos que duran un rato. Y después volvió al coche, lo arrancó y se alejó dando unos cuantos bandazos. El Sr. Garnett se había quedado de pie, balanceándose en todas las direcciones, como una peonza, hasta que, de golpe, se desplomó. El Sr. Baxter dijo que su profundo sentido del tacto hizo que le dejase dormir tranquilo hasta el amanecer.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Ella Fitzgerald & Louis Armstrong - Dream a little dream of me (https://www.youtube.com/watch?v=io0uqrp9dco)

17 de abril de 2013



Mi padre fue el bicho raro de una familia que tuvo fama de ser bastante peculiar, aunque los abuelos tampoco hicieron mucho para hacerle cambiar de opinión ya que, según ellos, había que dejar expresar libremente a los hijos para, a partir de sus inquietudes, orientarles lo mejor posible. Según me contaron, cuando mi padre dijo que quería ser ingeniero, hubo sorpresa general en los miembros de la saga, ya que nadie había destacado en las ciencias y, ni mucho menos, ninguno había cursado estudios universitarios. El abuelo era cantante en un conjunto musical que hacía sus pinitos, al parecer, tocando rockabilly, de ahí que se dejase un tupé siendo, según él, un adelantado en su uso, ya que sostenía con orgullo que fue imitado por Gene Vincent y Bill Haley entre otros. Pero la realidad es que, pese a sus ínfulas, nadie conocía a su grupo fuera del ámbito de sus amistades. La abuela, que era una mujer de educación tradicional y la única que tenía los pies en el suelo, le permitió que siguiese haciendo gorgoritos con el micrófono con tal de que mantuviese su empleo de contable en unos grandes almacenes. Y la tía, que ya mostraba de niña una afición por el mundo exotérico, acabaría compaginando sus sesiones de espiritismo con la sección del horóscopo en un periódico local, lo que le dio una cierta popularidad en el vecindario. Pero la verdad es que mi padre ya tenía desde niño un aire especial que le distinguía de los demás, con esa cara de empollón repeinado y su sempiterna chaqueta bicolor.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Johnny Key & The Kool Kats - London is my Hillbilly Home (https://www.youtube.com/watch?v=n16QOcblq1k)

16 de abril de 2013



La única que parecía alegrarse de todo aquello era mi madre, al contrario que mi abuela Johanna, que era mujer de tierra firme y de difícil carácter a quien nunca le hicieron demasiada gracia las alturas. Es por ello que salió con el ceño arrugado, incapaz de disimular su enfado por tener que salir en tan extraña imagen. Y en medio de aquello estaba yo, disgustado por aquella incomprensible situación. Todo un año esforzándome con los estudios para obtener muy buenas notas, sólo porque mi padre me había prometido que me concedería el capricho por el que le venía suplicando desde hacía meses, para que después saliese esa horrible foto. Yo quería subirme a un dirigible, aunque fuese pintado, y soñar que era el capitán de la nave, el nuevo héroe del aire. Pero no de esa manera, sentado al borde con los pies afuera y haciendo esfuerzos por dominar mi vértigo, con la abuela de mal humor y mi madre preocupándose por salir con su mejor cara. Sabía que no podría enseñar este desaguisado a mis amigos, pero lo peor no era eso, sino que ni siquiera tuve ese instante de ilusión que me hiciese creer por un momento que un día pude volar.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Comedian Harmonist - Kannst du pfeifen, Johanna? (1934)(https://www.youtube.com/watch?v=7uf1TRbVri0)

15 de abril de 2013



Hélène era una atractiva joven a quien el amor parecía rehuirla, o al menos esa era la sensación que tenía, lo que la había sumido en una profunda tristeza. Ella, que era una persona alegre y extravertida, no lograba comprender los absurdos caprichos del destino cada vez que despertaba el interés de un apuesto chico, porque siempre, cuando llegaba el momento álgido, éste, inexplicablemente, se echaba para atrás con discreción y sin aparente motivo alguno. Similar extrañeza sentía Jean–Claude, quien, a pesar de que era consciente de que no era un tipo llamativo, tampoco acaba de entender su mala suerte, ya que era un hombre cuya simpatía y desparpajo parecía atraer inicialmente a muchas mujeres. Y sin embargo, en todas las ocasiones siempre había estado cerca de besarlas. Es por eso que aquella fiesta de antiguos alumnos de la facultad de Filología de la Sorbona tuvo algo de premonitorio y mucho de revelador, ya que no sólo coincidieron en elegir el mismo disfraz, sino que gracias a él descubrieron el mal que les impedía tener relaciones, ya que ambos padecían halitosis, y conocieron por primera vez el amor correspondido.

(foto: cortesía de Naty Alma de Diamante)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Edit Piaf - Non je ne regrette rien (https://www.youtube.com/watch?v=8WNYGVkEqAY)

12 de abril de 2013



Aunque mi avanzada edad no me permite la fluidez de palabras que quisiera, aún recuerdo a Zissou,… y a su hermano Jacques Henri. El padre de ellos era banquero y el mío dueño de una importante compañía de envasados, lo que nos proporcionaba una vida despreocupada y con muchos privilegios,… aunque, para nosotros, el más importante de ellos era el de poder dedicarnos a soñar. Nos fascinaban los relatos de viajes y de exploraciones. Zissou estaba siempre maquinando expediciones en su cabeza y yo, claro,… como él,… también vivía abstraído, tratando de imaginar en mi cabeza cómo serían nuestras futuras aventuras,… Aventuras que solían cambiar cada cierto tiempo,… según la novela que en ese momento estuviésemos leyendo. Aún me acuerdo de aquel día,… cuando Zissou, tras leer “20.000 Leguas de viaje submarino”, se le había ocurrido diseñar un traje para explorar las profundidades,... Estábamos en la piscina de su casa, y Zissou apareció pertrechado con su flamante equipo de submarinismo,… Se lanzó, excitado, al agua,… pero no se hundió. Algo había fallado, pensaba, mientras su hermano, que jamás se separaba de su cámara, le hizo una foto,... Después, por las circunstancias de la vida, nuestros caminos se separaron. No supe más de Zissou, ni de su hermano, incluso si llegarían a viajar,... Yo lo hice muy a menudo, pero por asuntos más aburridos que tenían que ver con la empresa de mi padre,... Hasta que el año pasado fui a una retrospectiva,… sólo porque el apellido del artista me resultaba familiar,... Mi sorpresa fue mayúscula al reencontrarme con algunos de mis recuerdos…, como aquella imagen de Zissou Lartigue,.. pero también al descubrir que la afición de Jacques Henri le había convertido en un reconocido fotógrafo,…

(Foto: cortesía de Daniel Martín Pérez)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Francis Poulenc - Melancolie (Alexander Tharaud) (https://www.youtube.com/watch?v=hIsG4BO1cAE)

11 de abril de 2013




No lo pude evitar y, dejándome arrastrar por mi gran curiosidad, acabé entrando en la casa. Apenas tenía doce años y, no sé si influido por las historias de terror, pero el caso es que aquel día de otoño cogí mi pequeña cámara fotográfica decidido a desentrañar lo que para mí era un misterio. Todo había empezado cuando me di cuenta de que llevaba como dos o tres días sin ver a Rebeca, una niña que iba a mi colegio. Sabía que en torno a su familia corrían muchos rumores, algunos bastante descabellados, y que su madre, la Sra. Vickers, era una persona introvertida que hacía poca vida social. Como yo siempre he sido muy visceral y tendente a darle demasiadas vueltas a las cosas, convertí aquello en una obsesión. Una obsesión que aumentaba cada vez que pasaba ante la casa, con esa arquitectura victoriana a la que la pátina del tiempo le había dado un aspecto fantasmagórico. Hasta que aquel día me armé de valor y, entre la emoción y el pavor me vi, casi sin darme cuenta, en el umbral de la puerta principal. Tras respirar profundamente varias veces, la empujé. Atravesé el hall. Estaba todo en penumbra. Vi la enorme escalera y seguí con la mirada su recorrido. Me acerqué a ella, muy despacio. Subí, lentamente, apoyando las puntas de los pies para no hacer ruido. Al llegar al primer piso advertí una puerta entreabierta de cuya abertura salía un destello de luz, así como voces que sonaban algo metálicas. Mi corazón se aceleraba. Me acerqué y comencé a empujar la puerta con mi pie izquierdo mientras sujetaba la cámara con fuerza. Cuando logré abrirla lo suficiente, con grandes temblores en mis manos, pulsé el obturador. Rebeca me miró sorprendida, pero su madre tardó algo más en girar su cabeza hacia mí. En un instante comprobé que la Sra. Vickers, simplemente, había contraído una fuerte gripe, que en esos momentos estaba hipnotizada por el serial radiofónico del que era una devota seguidora y que yo era poseedor de una asombrosa imaginación.
 
· Fondo musical para acompañar la lectura: Bernard Herrmann - Twisted nerve (https://www.youtube.com/watch?v=qX4lBeRtexI)

10 de abril de 2013



Sus teorías sobre el creciente hipnotismo y adocenamiento que provocaba en el ser humano un reciente avance tecnológico como la televisión, llevaron al filósofo Stanislaw Vasilyev a alcanzar una efímera notoriedad al advertir que una de las conclusiones a las que había llegado era que se estaba produciendo un nuevo fenómeno que definió con el término de somnolencia colectiva. El rechazo que generó en los estamentos políticos, que tacharon sus ideas de osadas, se extendió hasta su propio hogar porque su mujer, alarmada por las posibles consecuencias que podía traer a la familia, intentó minimizar el asunto diciéndole que escribía sobre cosas que no leía nadie, algo en lo que al parecer tampoco le faltaba razón. Es por eso que Stanislaw dio una profunda bocanada de aire delante de la puerta de su casa al intuir que ese era el momento idóneo para actuar, poniendo en práctica sus teorías para demostrar definitivamente que se podía vivir sin necesidad de ese nuevo medio, incluso sin comodidades y en lugares con apenas presencia humana. Pero sobre la que el creía que era una revolucionaria experiencia poco se supo, ya que en cuanto su acción llegó a conocimiento de las autoridades, éstas se encargaron de acallar con rapidez el asunto temerosas de que se tratase de un nuevo caso de disidencia, de ahí la fugaz resonancia que tuvo el acto del filósofo. Varias décadas después se halló un rollo de película que contenía imágenes de Stanislaw llevando a cabo su experiencia y de un tal Dmitri Selischenko, quien, asombrado, declaraba ante la cámara que en su vida como señalizador en el aeródromo de Ignatievo jamás se pudo imaginar que entablaría una gran amistad con un filósofo, aunque tuviesen que comunicarse con la ayuda del código Morse y por medio de un tubo.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Eduard Khil - Trololo (https://www.youtube.com/watch?v=oavMtUWDBTM)

9 de abril de 2013



La inestabilidad de su carácter y la alta consideración que tenía de sí mismo llevó a Werner Dietrich Freudenberger a sufrir un ataque de depresión y de melancolía cuando leyó la única reseña que se hizo eco del estreno en el Konzerthaus de Viena de la única obra que compuso en su vida. Porque Werner ha pasado a los anales como el verdadero compositor de una sola obra, un genérico que se le ha dado habitualmente a otros compositores sólo por el hecho de que la celebridad de una de sus piezas ha eclipsado el resto de su producción como el caso de Gustav Holst con “Los Planetas” o Paul Dukas con “El aprendiz de brujo”. Fritz Glöckner, el autor de aquella única crítica, opinaba que a pesar de sus buenos propósitos en su intención por buscar un estilo innovador, la monumental sinfonía de Werner presentaba, sin embargo, extraños elementos armónicos que daban lugar a una arquitectura sonora algo “incómoda” en parte por una orquestación excesivamente atonal. Unas palabras que al parecer dolieron de sobremanera a Werner para quien le había supuesto grandes esfuerzos y tiempo convencer a Hans Holzknecht, el director del Konzerthaus, para estrenar su obra. Y aquí, en este punto, los musicólogos no acaban de ponerse de acuerdo, si bien tampoco hay apenas datos que puedan arrojar algo de luz, porque los hay que afirman que a los miembros de la filarmónica les resultó imposible interpretar la pieza dadas las enormes dificultades que ofrecía, frente a otros que sostienen que en realidad el teatro pasaba por una reducción presupuestaria y no podía permitirse estrenos a compositores desconocidos. Pero que, en cualquier caso, como a otros, se le cedió la sala pequeña, por lo que Werner se vio en la tesitura de tener que idear un ingenio para poder presentar su sinfonía sin que ésta perdiese su sentido orquestal.

PD: Dado que la única partitura de Werner Dietrich Freudenberger se halla perdida y hay estudiosos que han querido ver aquí el nacimiento de la música atonal, la aleatoria y otras tendencias de vanguardia, hemos decidido escoger la pieza 4’ 33” de John Cage para que a partir de ella el lector se imagine su propio "Fondo musical para acompañar la lectura".


Fondo musical para acompañar la lectura: John Cage -  4’ 33” (William Marx) (https://www.youtube.com/watch?v=JTEFKFiXSx4)

8 de abril de 2013



El bisabuelo, que era el pequeño de cinco hermanos y que desde niño ya mostró el que sería su gesto adusto de siempre, contaba que le había tocado vivir una infancia llena de dificultades. Pero que no por eso se sintió menos feliz. Su padre, un humilde granjero y su madre, una mujer de fuerte carácter, habían educado a la prole por igual estableciendo que ninguno de ellos era menos que los demás. El bisabuelo decía que la mayor suerte que tenían era el clima de la región lo que les permitía prescindir de la camisa y los zapatos, al igual que hacía el patriarca. Eran prendas difíciles de conseguir ya que la población más cercana a la granja, Promontory Summit, Utah, estaba a más de una hora a caballo. Pero tampoco eran necesarias, ni siquiera para ir al colegio, ya que su madre se encargó de enseñarles a leer y escribir. El bisabuelo afirmaba que amaba la vida salvaje. Hasta que la felicidad, según él, se esfumó cuando cerca de allí se encontraron la Central Pacific y la Unión Pacific, finalizando la que sería la primera línea del ferrocarril transcontinental del país. Él no dudaba que el progreso tuviese ventajas y que gracias a ello prosperase mucha gente. Pero a lo que jamás estuvo dispuesto a renunciar fue a andar descalzo y sin camisa. Dicen que el bisabuelo recibió a Uysses S. Grant en pantalones cortos provocando un cierto revuelo entre los nuevos ricos y que Mark Twain se inspiró en él para su Huckleberry Finn. Pero yo no sé hasta que punto todo esto es cierto, porque siempre supe que, tanto mi abuelo como mi padre, por quienes sé esta historia y que también fueron granjeros y anduvieron descalzos toda su vida, poseían una gran imaginación.

· Fondo musical para acompañar la lectura: The Memphis Jug Band - On the road again (https://www.youtube.com/watch?v=xCK8V_MfQLY)

5 de abril de 2013



Ante la gravedad de los acontecimientos en el que fue el peor día de su vida y temiéndose el repudio de sus conciudadanos de Enkhuizen, una de las ciudades propietarias de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en la que había trabajado su familia casi desde su fundación, Geert De Vroome tomó la que sería la decisión más crucial de su vida para atajar el asunto con rapidez y salvar la honra del apellido. El amor por el mar se había trasmitido en los De Vroome de padres a hijos y Geert, siguiendo la tradición, había tratado de hacer lo propio con Gustaaf quien estaba predestinado, como todos, a ser capitán de barco. Pero su vástago, que además había mostrado desde su niñez otro tipo de inquietudes que nada tenían que ver con la marina, sufría al parecer de mareos en cuanto se subía a cualquier objeto flotante, aunque fuese un pequeño bote. Geert, lejos de desalentarse, hizo todo lo posible para que su hijo continuase la tradición familiar. Hasta que vino aquel aciago día en que puso al chico por primera vez al mando del timón de su barco. Es por eso que, ante tamaño desastre, a Geert no se le ocurrió otra cosa más que idear una leyenda para salvaguardar tan embarazosa situación, empleando tal convicción que no sólo el asunto pasó desapercibido para todo el mundo, sino que fue alimentando el imaginario popular así como la inspiración de algunos literatos. Hasta hubo un compositor, con cierto renombre, dicen, que hizo de aquello una ópera. Algo que ni tan siquiera se le pudo pasar por la cabeza a Geert.

(foto: cortesía de Daniel Martín Pérez)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Richar Wagner - Obertura de El holandés Errante (Herbert von Karajan & Berliner Philarmoniker) (http://www.youtube.com/watch?v=QVgS03XLWwE)

4 de abril de 2013



Además del amor, a Herbert y Martha Bachelor les unió su desmesurada afición por la contemplación, algo que se pudieron permitir porque ambos pertenecían a conocidas familias de la alta burguesía de Dover. Al parecer Herbert tuvo claro desde muy niño que su vocación era la observación por lo que, cuando cumplió la mayoría de edad y siguiendo el consejo paterno de que algo tenía que hacer en la vida, decidió aprovechar las ventajas de su apellido y dedicarse a la figuración. Al fin y al cabo su presencia daba caché a cualquier evento social que se organizase en la comarca. Al igual que Martha, cuya belleza hacía que muchos jóvenes de buena posición la pretendiesen en cada una de las fiestas a las que asistía. Pero ella, a quien gustaba cruzarse de brazos para proteger mejor sus delicadas manos, buscaba un hombre más tranquilo, más pausado, lejos de todos aquellos apuestos galanes que entregaban demasiadas horas a las cacerías o a los negocios. Por ello, cuando ella conoció a Herbert tuvo un flechazo instantáneo. Ambos descubrieron que compartían la misma pasión. Y juntos se entregaron a ella durante toda su vida. Fuera de ágapes y festejos, sólo se les veía cuando salía el sol, ya que el clima de Dover era bastante lluvioso. Y allí, decían, pasaban horas y horas, sentados, sin decir nada, simplemente mirando. Y que en los días que hacía mal tiempo, que eran muchos, se situaban sin más ante la ventana y veían llover.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Fritz Kreisler - Londonderry air (https://www.youtube.com/watch?v=VmAIp4FOyIE)

3 de abril de 2013



Un halo de misterio envolvió la figura de Tom Beasley, un joven científico que desapareció tras el incendio de su laboratorio cuando probaba el que decía que iba a ser su gran descubrimiento y del que, tan sólo, se conserva una imagen captada momentos antes de que su creador llevara a cabo tal ensayo. Las autoridades no hallaron el cuerpo de Beasley por lo que se descartó la posibilidad del suicidio, aunque las escasas pistas que pudieron recabar entre los restos parecían confirmar la hipótesis de que el propio Beasley, en un súbito ataque, quizá de nervios, destruyó el laboratorio. Pero el secretismo con el que había llevado sus investigaciones propició las más diversas teorías, incluso hubo una que lo atribuía a la intervención de los servicios de espionaje de alguna potencia extranjera. Sea como fuere, se organizó una búsqueda a nivel nacional, llegándose a distribuir retratos de Beasley, lo que generó un torrente de testimonios que afirmaban haberle visto, algunos en lugares insólitos, como un turista inglés que le reconoció en un monasterio tibetano. Varias décadas después, en un periódico local apareció la noticia de un anciano que manifestaba haber sido ayudante de Beasley. Decía que no había hablado antes por miedo ante la expectación creada y que el enigmático invento era un simple aparato para escuchar la conciencia de cada uno. Pero nadie le prestó atención porque del caso ya no se acordaba nadie.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Gilbert Mack & The Sandpipers - Give a little whistle (http://www.youtube.com/watch?v=1kjQysvZZHA)

2 de abril de 2013




La señora Stevens, que era una mujer de carácter, siempre se había mostrado muy protectora con sus cuatro hijos, algo que era frecuente motivo de discusiones con Bob, su marido, a quien le parecia demasiado excesiva la actitud de su mujer. Lo peor vino después, cuando la adolescencia comenzó a transformar a sus vástagos en apuestos jovencitos quienes, por su afición al deporte, habían desarrollado un físico que no pasaba inadvertido entre sus compañeras del instituto. Algo de lo que era perfectamente consciente la señora Stevens quien, para preservar a sus retoños de caer en la tentación durante las vacaciones estivales, que era cuando los chicos estaban más expuestos a las miradas de las chicas, les apuntaba en aquellas actividades en las que pudiesen pasar más desapercibidos. Es por eso que los cuatro hermanos Stevens se convirtieron en experimentados submarinistas. Pero con el tiempo, al parecer, acabaron aborreciendo las profundidades del mar, ya que las playas de Florida terminaron siendo muy aburridas, porque bajo sus aguas sólo había arena.

(foto: cortesía de Naty Alma de Diamante)


· Fondo musical para acompañar la lecura: Billy Stewart - Summertime (https://www.youtube.com/watch?v=rw3xnw3LNQQ)