28 de junio de 2013



Aquella época fue muy intensa en nuestras vidas. Eran otros tiempos, y bastantes difíciles para una juventud que quería cambiar las cosas. Aún recuerdo a mis padres escandalizados cuando se enteraron que yo, su hijo, había montado una banda. A ellos nunca les pareció mal que tocase un instrumento, incluso me apoyaron en mis estudios en el conservatorio, pero queme juntase con cinco cafres y montase tal estridente esperpento era, como poco, un atentado contra las buenas costumbres. Pero no lo pudimos evitar, queríamos cambiar el mundo. Un mundo pomposo y aburrido que se movía al son de Richard Wagner o de Giuseppe Verdi con los que era imposible organizar una fiesta. Demasiado aburridos y conservadores. Queríamos emociones y ese sacrilegio llamado jazz nos permitía libertad para hacerlo. De ahí nuestras pinturas de guerra y las actuaciones en tugurios de mala muerte. No revolucionamos la música, ni grabamos disco alguno, pero eso nunca nos preocupó. Sólo por el hecho de ver rabiar a los mayores nos merecía la pena. Décadas después, mi nieto me dijo que teníamos imitadores, algo que me sorprendió, porque no fuimos conocidos, aunque muy lejos de nuestro espíritu, porque aquellos, como pude comprobar, sí que hacían un ruido infernal. Y para colmo se hacían llamar Kiss.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Original Dixieland Jazz Band - Clarinet Marmalade blues (1918) (http://www.youtube.com/watch?v=qOz1_HBgrDA)

27 de junio de 2013



Aunque son ya muchos años los que tengo encima y mi cuerpo es una fuente de achaques hay, sin embargo, algo que me ha dado la edad. Serenidad. Y así es como contemplo mi vida cada vez que echo la vista atrás, y veo aquel joven que se hizo así mismo, que de la nada se convirtió en uno de los hombres mas poderosos, temidos y respetados de Brooklyn, en alguien que manejaba sus negocios con mano férrea, casi sin pestañear, en alguien que logró reunir a los mejores profesionales del momento. En alguien que cuando entraba en cualquier night club se convertía en el centro de las miradas mientras los camareros corrían hasta él para ofrecerle sus servicios. En alguien que se rodeaba de bellas mujeres, vestía los mejores trajes, usaba automóviles de lujo y se podía permitir cuantos caprichos quisiese. Hubo un tiempo en que sólo tenía que chascar los dedos para que mis órdenes se cumpliesen de inmediato. Me sentía el rey de la ciudad. Ese era yo… pero ahora no dejo de pensar en aquellos tiempos que se han diluido en la nada y son tan sólo unos retazos en mi memoria, en lo que llegué a ser y en lo que soy ahora, un hombre viejo y cansado al que ya nadie conoce. Y a pesar de todo, no me importa y tampoco tengo nada que perder. Los cuarenta años que llevo recluido en prisión han templado mi carácter. Hasta tal punto que he conseguido perdonar a Dizzy Rogers que ese día, por la cosa del orgullo de raza, se negase a ponerse el pañuelo en la que debía de ser nuestra gran foto. Por él reconocieron a la banda y nos detuvieron a todos.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Rudy Vallee - Deep Night (http://www.youtube.com/watch?v=DwNCnWdesUQ)

26 de junio de 2013



Mis nervios estaban a flor de piel. Los médicos dijeron que era una persona débil e inmadura y que por ello difícilmente podría tener los mecanismos suficientes para dominar mis emociones. Pero eso me pareció una solemne tontería. Yo era como era, y reconozco que en aquellos días estaba bajo una enorme presión. Había apostado fuerte, sin importarme lo que pensaría ella, por lo que las condiciones no eran demasiado propicias para seguir adelante. Aún así estaba decidido a dejarme la piel. Sabía que entraba en una tesitura muy delicada que me supondría nuevos problemas, pero me arriesgué. Era consciente de lo que hacía. Aunque tampoco pude intuir las consecuencias a las que me llevaría todo aquello. Juro que intenté ser sincero cuando hablé con ella, que intenté ser sutil en todo cuanto le dije y que incluso empleé las palabras más cariñosas que me salieron del fondo de mi corazón. Pero ella no lo entendió y comenzó a alterarse, elevando la voz cada vez más, hasta llegar a gritarme. No lo pude soportar. Intenté contenerme, pero ella me replicaba a voces. Hasta que llegó un momento en que no aguanté más. Y como le dije al juez, yo estaba ahí, alterado, y de forma instintiva le tiré un bote de ketchup a mi madre, lo primero que tuve a mano. No quise hacerla daño. Yo quería a Rosemarie, aunque siempre supe que mi madre la odió desde el día en que la conoció.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Johann Sebastian Bach - Largo del concierto para clave nº 5 en F menor, BWV 1056 [Trevor Pinnock-The English Concert] (http://www.youtube.com/watch?v=NLrNhMGPQtk)

25 de junio de 2013



Desde siempre he guardado en mi interior el deseo de ser un chico, porque en aquellos tiempos las mujeres lo teníamos más difícil. Sobre todo porque las madres se empecinaban en que las hijas aprendiésemos las tareas domésticas para que cuando llegase el momento de casarse supiéramos estar a la altura de las circunstancias. Pero yo huía de todo aquel aburrimiento, que parecía perseguirme como la peste, marchándome con mi pandilla de amigos a trastear por donde fuese. Sabía que a mi madre no le hacía demasiada gracia mis compañías porque decía que estaba adquiriendo un aspecto cada vez más hombruno. Pero a mi me daba igual, tenía una edad en la que mi rebeldía estaba en plena efervescencia y no estaba dispuesta a someterme a sus deseos. Hasta que sucedió aquel extraño fenómeno que cambió mi vida, justo cuando aún estaba muy reciente el asunto de una autopsia a un extraterrestre que había aparecido en Roswell. Yo recuerdo que aproveché aquella extraña confusión, de la que tampoco hice por encontrarle una explicación, que probablemente no la tuviese, para salir de ese pueblo perdido en la nada del Medio Oeste que me vio crecer. Lo que vino después no tuvo ninguna importancia, salvo que nunca me casé.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Samuel Barber- Adagio for strings (Leonard Bernstein & Los Angeles Philharmonic Orchestra)(http://www.youtube.com/watch?v=2m3Yw0UARuQ)

24 de junio de 2013




Fueron años excitantes, pero sin grandes ganancias. De vez en cuando mandaba fotografías para que mi padre viese que las cosas me iban bien. Pura fachada, porque los trajes no eran míos, sino del padre de mi amigo Richard, que era sastre, como la casa era de una familia importante de Chicago. Creo que debió sentirse orgulloso. O menos preocupado. Aún recuerdo el día que montó en cólera, golpeando el puño derecho contra la mesa, cuando en mi ingenuidad le expliqué cuales eran mis intenciones en el futuro. Después de varias idas y venidas por el salón secándose el sudor de su frente con un pañuelo, trató de convencerme, con un tono de voz aún elevado, de que lo que quería hacer era una locura que me conduciría a una vida miserable. Pero me salí con la mía. Al fin y al cabo era mi vocación. Y aunque los comienzos fueron difíciles poco a poco encontré mi lugar. Decían que era bueno, hasta que me ensombreció un tal Scott Joplin. Pero lo importante para mí fue que seguí haciendo lo que siempre quise hacer, que era tocar el piano.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Scott Joplin - Easy Winner (http://www.youtube.com/watch?v=NdCBT_VHnUk)

21 de junio de 2013



La verdad es que en esa época era un niño pero, precisamente, por eso no me podía imaginar que la situación era de aquella manera. También confieso que cuando fui consciente de mi realidad supe de los inconvenientes que me ocasionaba el color de mi piel porque esos años eran como eran y nada tenían que ver con hoy en día, en que las cosas han cambiado mucho. Y aún así no me puedo quejar, ya que tuve una infancia feliz, y más aún dentro de las limitaciones familiares porque también se añadía entre ellas la cuestión económica. No éramos ricos. Pero, tanto nuestro padre como nuestra madre, siempre procuraron que eso no influyese demasiado en nuestras vidas, que no nos faltase lo esencial, porque su único deseo era que tuviésemos lo necesario para tener una buena educación además, como es lógico, de una existencia feliz. No tengo ningún reproche que hacer porque gracias al esfuerzo de mis padres ahora soy un prestigioso abogado en Manhattan y, según me dicen, con un gran parecido a Sydney Poitier. Pero, siéndoles sincero soy una persona afortunada y no tengo ninguna queja, salvo la manía de mi padre por los paisajes exóticos que, pese a que no pongo en duda sus habilidades como pintor, que eran más bien escasas, jamás pude soportar porque esos fondos me producían grima, al igual que a mis hermanas, y que además, jamás vimos, y ni mucho menos en el Bronx.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Louis Armstrong - Nobody knows the trouble I've seen (http://www.youtube.com/watch?v=MTQJhnA46UA)

20 de junio de 2013





La desmesurada coquetería de Esmeralda Lancaster la convirtió en una persona muy popular entre las gentes de Picaddilly Circus cuando se instaló allí el primer fotomatón. Ella era una mujer muy resuelta y divertida a la que gustaba impresionar a los demás. Algo que unido a la moda cambiante del momento hizo que se entregase a la experimentación con su propia imagen. Y no sólo con la combinación de peinados, vestidos y sombreros, sino en la creatividad que desarrolló al trabajar su gestualidad, ya que era una mujer poseedora de una gran variedad de registros expresivos. Según el reconocido crítico de arte Morris P. Anderson, Esmeralda, sin ser consciente de ello, fue autora de una magna obra artística basada en las variaciones de su propia imagen, lo que la situaría entre las pioneras del Body Art. Una extensa serie de pequeñas fotografías que hizo a diario y que, puestas en orden, mostraban su evolución física y emocional durante casi una década de su vida, hasta el 24 de abril de 1943, día en el que interrumpió definitivamente su actividad. La conmoción de Anderson ante la posibilidad de poder desentrañar un asombroso misterio artístico se fue abajo pocas semanas después, cuando averiguó que Esmeralda dejó de acudir al fotomatón a partir de aquel día porque había descubierto su primera arruga en el rostro.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Welcome Lewis - Watching my dreams go by (http://www.youtube.com/watch?v=hNucAkYhMrs)

19 de junio de 2013



Si hubo algo que el tío Norbert amó sobre todas las cosas eso fue su profesión como vendedor de productos cosméticos. De hecho, durante más de dos décadas recibió anualmente la distinción de ser el mejor empleado del año por lo que, según supe después, no sólo tenía la admiración de su jefe sino también la de todos sus compañeros que veían en él un verdadero guía espiritual. Porque el tío no sólo se conformó con cumplir su cometido, sino que, simplemente, fiel a su lema de que su misión era hacer realidad las ilusiones de la gente, se entregó en cuerpo y alma a ofrecer sus servicios con una precisión cada vez mayor. De ahí que acabase convirtiéndose en el verdadero adalid de la innovación en el departamento de ventas y la causa, también, de su soltería. Algo que siempre fue un misterio para la abuela porque el tío siempre fue una persona muy tímida, aunque a ella le hubiera gustado que encontrase una buena mujer. Pero él adoraba su trabajo, y por encima de todo, lo que más le apasionaba era superar retos cada vez más difíciles, como ir a zonas donde no hubiese una gasolinera en muchos kilómetros a la redonda.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Maurice Ravel - Adagio assai del Piano concerto en sol - Arturo Benedetti Michelangeli (piano) / Sergiu Celibidache & London Symphony Orchestra (http://www.youtube.com/watch?v=penNqSSZTIs)

18 de junio de 2013



Horace fue un amigo de mi padre que en su juventud decía que de mayor se convertiría en el dueño del universo. Al parecer todos le rieron la gracia sin darle importancia alguna a sus pretensiones, ya que a esa edad todo el mundo piensa que se va a comer el mundo. Claro que mi padre apenas le dio tiempo a masticarlo ya que muy pronto comenzó a trabajar en la gestoría del abuelo y de la que se haría cargo cuando aquel se jubiló. Además, según mamá, mi padre nunca exteriorizó sus emociones, salvo un día, aquel cuando, después de muchos años, tuvo noticias de su amigo Horace. Éste había enviado a cada uno de sus viejos amigos una fotografía en la que aparecía su figura con una leyenda en el reverso en la que afirmaba que era el dueño del universo. Mi padre al mirarla lanzó una gran risotada y después, tras recuperar la calma, con los ojos aún llorosos comentó que era una broma típica de Horace ya que descubrió un pequeño fallo que hacía inverosímil su montaje, que el modelo del teléfono con el que aparecía hacía tiempo que no se fabricaba.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Eddie Cantor - You'd be surprised (http://www.youtube.com/watch?v=94J-GFABTVg)

13 de junio de 2013



Aunque nunca fui un nombre destacado en la profesión que amé desde que tuve uso de razón, llegué a construir bastantes edificios, la mayoría bloques residenciales, aunque proyecté un centro cultural y una fundación. Sé que mi obra se caracteriza por no ser fotografiada, ni tampoco por aparecer en las revistas especializadas de arquitectura. No me siento mal por ello, al fin y al cabo hice lo que pude. Sin embargo, hubo algo en lo que fui un privilegiado, y ello fue ser amigo de un genio de la arquitectura. Yo no tenía mucho talento, pero al menos, el estar cerca de él me permitiría saber, e incluso sentir, aunque fuese desde fuera, que era poseer una naturaleza de esa categoría. Probablemente si les doy su nombre no les diga nada, por la sencilla razón de que su figura quedó sepultada por la incomprensión general, en especial la que provenía de nuestros colegas de profesión. Aún sigo pensando que fue un hombre avanzado a su tiempo, un visionario al que se le impidió materializar sus revolucionarias ideas desde aquel día en el que la tragedia hundió definitivamente su carrera, cuando estaba a punto de colocar su vivienda minimalista en uno de los puntos más altos de las Montañas Rocosas. La que él consideraba su obra maestra era una ingeniosa estructura circular diseñada para soportar fuertes corrientes de aire que, a su paso, creaban una insólita sonoridad al dejar abiertas sus dos caras opuestas, lo que a su vez le daba una mayor luminosidad al interior y, al mismo tiempo, ofrecía una imponente perspectiva del paisaje. Yo estuve ahí, al lado de mi amigo, pero ambos padecíamos de vértigo, lo que nos impidió entrar en ella.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Pietro Mascagni - Intermezzo sinfonico de Cavalleria Rusticana (Herbert von Karajan) (http://www.youtube.com/watch?v=SchbQBPXrqs)

12 de junio de 2013



Orestes fue un hombre que muy pronto descubrió que la carga que le suponía el que le confundiesen constantemente con el compositor Isaac Albéniz no era nada comparado con eso de llevar el peso de la rumorología que generaba su familia. Él, que era un modesto pero laborioso empleado de banca, siempre fue consciente de que nada podía hacer contra la genética, algo que atribuía a los orígenes raciales de su amada esposa, y menos aún con las habladurías fundadas en torno al pasado de ella y de su suegra. Pero Orestes siguió manteniendo la frente bien alta cada vez que sus conciudadanos se sobresaltaban, algunos sin disimular sus escalofríos, a su paso ante ellos para acudir al oficio dominical. Mentes estrechas que habían viajado poco, pensaba él para sus adentros, con las que no merecía la pena hablar. Es por eso que el resto de los días de la semana su familia apenas se dejaba ver, salvo Orestes cuando acudía a su puesto de trabajo. Decían que era un hombre atento y amable, pero distante y muy poco dado a la conversación. De ahí que se acrecentase el misterio con el paso del tiempo. Y aunque mandaron llamar a un prestigioso especialista, éste nunca pudo constatar, en las tan escasas como fugaces ocasiones que se cruzó con ellos, si sus orejas eran puntiagudas o tenían colmillos, como era característico en los vampiros.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Philip Glass / The Kronos Quartet - In his cell de la BSO de Drácula(http://www.youtube.com/watch?v=oXoKbnfvftw)

11 de junio de 2013



El tío fue un personaje llamativo entre los habitantes del pueblo en donde veraneaba, con ese pelo alborotado que le daba un aspecto de científico loco y con sus sempiternos pantalones cortos por los que asomaba su incipiente barriga. Aunque nunca tuvo nada que ver con el mundo de la investigación, porque al tío lo que le gustaba era la vida contemplativa, el amor libre y esas cosas que a los demás escandalizaban y que le convirtieron en un revolucionario a ojos de mi padre. Cosas de la admiración de hermano menor hacia el mayor. Yo nunca pude comprobar si el tío fue el primer hippie de la historia, como afirmaba mi padre, ni tampoco conseguí que me contaran cosas sobre su vida a causa de los imperecederos recelos de la familia que siempre vio en él un elemento poco recomendable para los sobrinos. Pero la verdad es que el tío era muy divertido, con unas ocurrencias muy ingeniosas. Como cuando estábamos en la playa, en la orilla, sin atrevernos a bañarnos, que siempre nos decía que teníamos que echarle energía a nuestra masa corporal, no pensarlo dos veces y tan sólo correr a la velocidad de la luz directos al agua, ya que era la única manera de quitarse esa aprensión inicial al agua fría.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Sidney Becket - Indian summer (http://www.youtube.com/watch?v=CU1O8kH9OjA)

10 de junio de 2013



Después de tantos años de angustia, de dolor y sufrimiento, he decidido hablar. Sacar a la luz mis demonios internos, confesar la verdad de aquel trágico día en el que mi desmesurada pasión por la fotografía hizo que captase los últimos instantes de vida de mi hermano mayor. Todo esto me resulta muy difícil, pero trataré de comenzar por el principio. Había cosas que no compartíamos. Supongo que eso ocurre entre hermanos. Recuerdo que a mi me gustaba dibujar desde muy pequeño, que después me regalaron una cámara de fotos por mi comunión y que gracias a ésta descubrí mi vocación por la fotografía. Sin embargo, mi hermano, desde que tuvo uso de razón, se sintió atraído por la espiritualidad. Yo no entendía mucho de todo aquello, pero sabía que él estaba inmerso en una intensa búsqueda interior que le llevó a probar varias confesiones. Hasta que llegó aquel día, el de su bautismo en el río. Yo estaba absorto, disparando el obturador ante lo que me parecía una composición estética de gran belleza, con las dos figuras en medio de la inmensidad del agua. Pero fui incapaz de darme cuenta de aquel dramático momento, cuando al reverendo Smith se le fue la mano...

· Fondo musical para acompañar la lectura: Judy Collins - Amazing grave (http://www.youtube.com/watch?v=_QJic_lAe5M)

7 de junio de 2013



Mi tío tuvo una teoría que causó, al menos en la pequeña ciudad donde vivíamos, bastante revuelo. Aunque pese a que le tacharon de lunático, nunca le importó lo que pensasen los demás. Según decía, el meollo del asunto estaba en el modo de ver del mundo. Él, que no había cursado estudios superiores, fue un autodidacta que se atrevió a poner en duda las teorías sobre la percepción, ya que afirmaba que había encontrado el sistema para ver la realidad de una manera más clara, incluso precisa, aproximándole a lo que él llamaba la esencia de las cosas. Todo aquello, según el abuelo, estaba muy bien, pero no daba dinero, y el estómago tampoco entendía de filosofía. Pero el tío era muy cabezón. Decía que la verdad estaba al alcance de la mano de cualquiera. Lo único que había que hacer era entornar la vista y observar lo que había alrededor. Y él afirmaba que la había descubierto. Por eso, a partir de aquel momento, no se atrevió a abrir demasiado sus ojos.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Lester Young - These foolish things (http://www.youtube.com/watch?v=6w5PekfV4dY)

6 de junio de 2013



Cuando de mayor fui consciente de lo que hizo mi madre, mi admiración por ella no hizo más que aumentar. Ella fue una mujer alegre y sencilla que se había criado en un ambiente sin grandes lujos, porque el abuelo, a pesar del orgullo que sentía cuando se ponía el uniforme, era portero de uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, y la abuela, simplemente, había dedicado su vida a cuidar de los hijos. Mi madre nunca tuvo grandes ambiciones, pero sí un sueño. Ello no impidió que estudiase una carrera universitaria y que después se dedicase con devoción a la enseñanza. Luego vino mi padre, un tipo larguirucho y algo soso, como solía definirlo mi madre, pero ella era consciente que, por su trabajo como encargado de una sucursal de una cadena de supermercados, tampoco se podía permitir gastar muchas bromas. Y aún así, a pesar de sus diferencias, hubo una cosa en la que coincidían. Ambos tenían el mismo sueño. Por eso mi madre se empeñó en hacerlo realidad, y pese a que no era fácil, lo logró, el día que cumplieron su décimo aniversario de casados. Yo lo vi. Estaba ahí, con ellos, los dos radiantes, felices, porque sus anhelos de pilotar un cohete espacial se hicieron realidad, aunque este no pudiese despegar del suelo.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Strauss - The blue Danube from OST 2001:A space odyssey,(http://www.youtube.com/watch?v=UqOOZux5sPE

5 de junio de 2013



Por su continuo trato con personas de alto nivel, mi padre adquirió, casi sin quererlo, esa manía de inflar el pecho y hacerse el interesante ante ellos. Era lo que tenía el trabajar en una gran multinacional, que implicaba codearse con directivos de buena posición. Mi madre apoyaba la barbilla sobre su mano, inclinaba la cabeza y miraba al techo cada vez que, durante la cena, mi padre le contaba las conversaciones que ese día había tenido con aquellos. Ella le decía que su actitud era absurda, que le podría causar problemas, y él respondía que tan sólo trataba de ponerse a su nivel. Y si ellos hacían algún comentario sobre un familiar o un conocido importante, él les hablaba de su tío abuelo que fue doctor en psiquiatría. Pero mi madre le replicaba que esas cosas les daban igual, porque a esa gente sólo le interesan los negocios. Y además, quién se iba a creer que un humilde chófer de empresa como mi padre hubiese tenido un pariente científico del que nadie se acordaba. Pero él, con su acostumbrada ingenuidad, le contestaba a mi madre que sólo les decía que tuvo un tío abuelo que descubrió el método para medir el pensamiento pero que, en su condición de heredero, no podía contarlo por la cosa de la patente.

· Fondo musical para acompañar la lectura: George Gerhswin at piano - Funny Face / 'S Wonderful, Columbia 5109 (http://www.youtube.com/watch?v=ikuB8WFI1U0)

4 de junio de 2013



Según pude saber, mi bisabuelo decía que el whisky era su medio de intentar hacer más interesante y llevadero el mundo, de poder hallar algo de belleza en él, si es que la había, porque lo que veía cuando estaba sobrio, decía, era bastante desalentador. Al parecer y por lo que logré averiguar, fue un hombre muy brillante y un gran orador, pero también una personalidad compleja, excesiva y visceral. Dicen que, después de licenciarse en filosofía, y tras muchos años dedicado a la investigación, había escrito un libro, –hay quien sostiene que entre vapores etílicos–, que desató las iras de las mismísimas autoridades quienes, enseguida, se apresuraron a retirarlo de la circulación, ya que dicho libro podría convertirse en el germen de una nueva revolución social. Pero el bisabuelo, lejos de amedrentarse, decidió sublevarse a su manera y por cuenta propia. Si nadie le podía leer al menos sí le podrían oír. Durante un tiempo se dedicó a ir todos los días a la plaza del ayuntamiento de la pequeña ciudad de provincias donde vivía y allí, en público, con la petaca en la mano, exponía durante horas las teorías que le habían condenado al ostracismo. Hasta que la familia, dado el gran revuelo general que provocaba y temiendo que el bisabuelo acabase con sus huesos en la cárcel, decidió intervenir de inmediato. He buscado denodadamente sus escritos, me he recorrido todos los archivos y bibliotecas, y no he hallado rastro alguno de ellos. Ni siquiera su nombre aparece en documento alguno. Ha pasado mucho tiempo y aún sigo haciéndome cábalas, preguntándome como sería su pensamiento. Pero lo único que pude saber fue que la familia consiguió que abandonase definitivamente la bebida y la oratoria.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Richard Wagner - Prelude to Act I of Lohengrin, Wilhelm Furtwangler & Vienna Philharmonic (http://www.youtube.com/watch?v=lfMKfsZ7qyU)

3 de junio de 2013



De joven irradiaba desenvoltura y gracejo allá por donde fuese, algo que no pasaba desapercibido ante los demás, ya que me daba cuenta de lo que sucedía a mí alrededor. Era un hombre atrapado por el baile que iba a todas partes zapateando, porque si había una cosa que me apasionaba, eso era el claqué. Daba igual que estuviera en plena calle, dentro de un restaurante o en la casa de un amigo, en cuanto me ponía de pie, al instante, subía por mi interior una especie de fiebre que me impulsaba a bailar. Y si no había música, la creaba yo, silbando, y me dejaba llevar. No lo podía evitar. Mi cuerpo bailaba y bailaba, sin parar. Si les digo la verdad, casi siempre lograba arrancar sonrisas, y aplausos, pero también alguna que otra cara que me miraba con gesto de extrañeza. No me importaba. El baile era lo único que sentía, que me hacía vibrar y que sabía hacer bien. Además, y sin querer ser pretencioso, muchas chicas eran incapaces de apartar su mirada cuando me veían danzar. También las que tenían mi estatura. Yo era así. Sin más. Y ahora, a pesar de mi avanzada edad, aún continuo bailando, aunque mis pasos son pequeños y torpes. Es la fiebre, mi fiebre, que sigue ahí, cada vez que me pongo de pie.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Fred Astaire - Say it with firecrackers (https://www.youtube.com/watch?v=THfeLinSVA0)