31 de diciembre de 2013




Era lo que tenía el pertenecer a una estirpe cuya cabeza de familia hacía las cosas por medio de la improvisación. Porque mi padre siempre fue así, un hombre incapaz de planificar siquiera una pequeña excursión para un domingo o de organizar una reunión de amigos. Según él había que dejarse llevar por la propia aventura de vivir, que lo excitante era el hecho de no saber que es lo que sucedería después. Porque ¿para qué programar un plan, decía, si luego en la mayoría de las ocasiones se acababa frustrando por las imprevisibles circunstancias que aparecían a última hora? Es lo que ocurrió en aquella inolvidable, para nosotros, Nochevieja de 1941, cuando no se sabe muy bien por qué, y quizá en parte contagiados por el espíritu caótico de mi padre que hizo que mi madre y los demás olvidasen el calendario, no hubo cena. Era lo que tenía el hecho de ser emigrantes en Inglaterra, un lugar donde no existe la tradición de recibir el nuevo año con uvas. Y aún así, cuando alguien se dio cuenta, se reunieron un puñado de botellas de vino y alguna que otra gaseosa, y se brindó, al amanecer, en el jardín de nuestra casa.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Guy Lomabrdo - Auld lang syne (http://www.youtube.com/watch?v=DUFa7hMS8aM)

13 de diciembre de 2013




Aunque sé que dentro de la lucidez que me permite mi entendimiento, y de que mi relato sigue siendo puesto en duda, pretendo con estas líneas no sólo defender mis vivencias, sino dejar constancia de unos hechos que fueron reales, a pesar de que hubo mucha gente que los puso en duda. Nada más lejos de la realidad, sobre todo si cada uno tiende a interpretar los hechos de manera distorsionada, que es lo que suele suceder habitualmente. Pero ¿Qué es real? ¿Y que es ficción? Máxime cuando aún hoy en día se pone en duda si Elvis Presley sigue vivo o no. Yo, en mis circunstancias, sé que poco puedo hacer. Soy un don nadie, es decir, alguien que no es influyente en la gente. Un ser invisible. Patético, si lo prefieren. O un tipo insignificante que, haga lo que haga, va a pasar desapercibido ante todo el mundo. Incluso para mis vecinos de habitación. Me da igual. No es una cosa que me vaya a quitar el sueño, como tampoco envidio a nadie, tenga los talentos o el dinero que tenga. Sólo sé que son mis circunstancias, las que me han tocado vivir. Y las acepto tal como son. Pensarán que soy lunático, un loco, o incluso, los más condescendientes me acusarán de poseer una gran imaginación. Pero, digan lo que digan, soy un inocente corderito, si, poco hombre, un mentiroso si quieren, pero las vi, y me saludaron, y sonrieron ante mi paso, y yo me baje de la barca, y…

(Foto: cortesía de Alfred Dopar)


· Fondo musical para acompañar la lectura: John Tavener - The Lamb (https://www.youtube.com/watch?v=uYDM2NHY8cs)

12 de diciembre de 2013




Aunque desde tiempos inmemoriales los miembros de mi estirpe han seguido la tradición de ser médicos, hubo un antepasado que logró evadirse de tal destino. Al parecer, Nicanor, que era como se llamaba, lo de ver vísceras le producía demasiadas arcadas y continuos mareos. Aunque también, lejos de todo aquello, había sentido la llamada de la pintura desde muy pequeño. Pero a partir de aquí mi abuelo sólo nos contó vaguedades, ya que, salvo una vieja fotografía, son escasos los detalles que han llegado sobre su vida, además de que la imaginación de la familia ha contribuido lo suyo a idealizarla, supongo que por la cosa de darle un mayor pedigrí al apellido. El abuelo nos contó que, tras la invasión francesa, Nicanor y sus padres se marcharon a Burdeos por razones que se desconocen, y que el niño siempre estaba enredado con papeles y pinturas, por lo que sus progenitores decidieron llevarlo a que recibiese clases de un viejo y afamado pintor que se había establecido hacía muy poco tiempo en la ciudad. Cuenta el abuelo que Nicanor fue el verdadero precursor del “action paintig” y que, además, se dio la circunstancia de que la llevó a cabo con su propio maestro. Y es ahí cuando, con un exacerbado orgullo, el abuelo nos mostró la mencionada fotografía para demostrarnos que los hechos fueron así. Pero yo, ni le vi parecido al cuadro del fondo con “La lechera de Burdeos”, ni tampoco reconocí a Francisco de Goya, ya que ni si quiera, por la postura de la cabeza, se le ve si tiene patillas.
(A Juan Manuel Garcia Ferrer)
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· Fondo musical para acompañar la lectura: Luigi Boccherini - Passacalle, de la La musica notturna di Madrid. LE Concert des Nations/Jordi Savall (https://www.youtube.com/watch?v=4BDzbKqjW7o)

11 de diciembre de 2013




Sr. Director:
Leo un reportaje en su periódico que, dicho sea de paso, llega puntualmente a la residencia, en el que un joven de su equipo de redacción ha desentrañando un caso de esos muchos que les gusta a ustedes sacar y darles una aureola de sensacionalismo para vender más ejemplares. Sin ánimo de ofender a nadie, sólo quiero hacer una pequeña precisión, ya que el periodista aporta un dato erróneo. Se lo digo por la sencilla razón de que no sólo estuve allí, sino que soy uno de los jóvenes que aparecen en la fotografía que encabeza el artículo. Como bien se dice, aún no había llegado aquel invierno, el del 43, que sería especialmente duro, uno de los más duros que he vivido en mi larga vida. Pero fue algo que tampoco pudimos presentir durante ese otoño en el que las tropas avanzaban con bastante rapidez. Incluso, podría afirmar que la sensación que se respiraba en aquellos días era de relativo optimismo, aunque quizá estuviese en parte contaminado por el ímpetu y el idealismo propio de la juventud. Sea como fuere, lo que no es cierto es que el ejército tuviese tiempo libre para dedicarse a actividades de ocio, como frivoliza el autor del texto. Porque en aquella extenuante campaña apenas hubo momentos para el descanso. Como también es falso que hubiese un comando que cazase un oso polar vivo. Yo me hallaba cumpliendo una misión de espionaje de alto riesgo que, de manera inexplicable y a pesar de mi camuflaje, se convirtió en un estrepitoso fracaso. Bastante duro fue que me descubriesen, aunque mucho peor fue la vergüenza que pasé cuando se les metió en la cabeza la idea de hacer aquella foto que, hasta la fecha de hoy, creía perdida. Ahora no me importa que se sepa este asunto. Soy muy anciano y es difícil que afecte alguien porque lo más seguro es que casi ninguno de ellos se encuentre en el mundo de los vivos. Pero comprenderá que me sienta molesto por la inexactitud empleada.
Atentamente.
J. W.


· Fondo musical para acompañar la lectura: Vera Lynn - We'll meet again (https://www.youtube.com/watch?v=BLPM5ydjwSc)

10 de diciembre de 2013




Durante mi vida escolar no sucedió nada fuera de lo normal, salvo que un día nos invitó a su cumpleaños un niño algo tímido que sólo permaneció durante un curso con nosotros, pues después, al año siguiente, lo trasladaron a un colegio privado de mayor categoría. Recuerdo que fue un viernes por la tarde, ya casi en junio. Pero mis padres convirtieron mi ilusión por ir a esa fiesta en una verdadera pesadilla cuando se empecinaron en que debía de ir de punta en blanco, como jamás había ido, ni siquiera al oficio de los domingos. Lo peor no fue que me obligasen a asearme a fondo, sino que mi madre me vistiese a la fuerza con ese ridículo traje que, para colmo, tenía una de esas incómodas corbatas de goma que apretaban demasiado el cuello. Mientras, mi padre, que era tendero, aleccionaba el acto materno repitiéndome que había que dejar en buen lugar nuestro apellido, aunque fuésemos una familia de clase humilde. Pero a mí esas repentinas tonterías me daban igual porque yo iba a jugar, como todos mis amigos de la clase. Todavía me acuerdo como si hubiese sido ayer. Esa enorme casa blanca con un jardín inmenso donde corrimos y saltamos todo lo que quisimos, y después la merienda y la enorme piñata de la que salieron infinidad de golosinas. Luego, de regreso a casa, mis padres, tras interesarse cómo había sido todo aquello, me preguntaron, ya bastante excitados, sobre él, el padre de mi amigo, el del cumpleaños. Yo les dije lo único que vi, que él no paraba de moverse la corbata porque le debía de apretar bastante, tanto como a mí la mía.

· Fondo musical para acompañar la lectura: The Pixies Three - Birthday party (https://www.youtube.com/watch?v=4QSFFgmmiCA)

9 de diciembre de 2013




Aunque pueda parecer raro, mi familia sintió un día la necesidad de pertenecer al mundo. Algo que me resultaba extraño, porque aún era muy niño, pero que comenzó a alterar nuestra vida cotidiana hasta hacerla verdaderamente insoportable, con mi padre ensayando maneras con la chistera y el bastón y mi madre, nerviosa, probándose vestidos caros. Yo no entendía nada de aquel asunto del mundo, ya que yo, hasta donde alcanzaba mi entendimiento en aquellos años, sólo sabía que había venido en la cigüeña que me trajo de París porque ellos, mis padres, se querían mucho. Pero eso fue algo que no parecieron demostrarlo ya que estaban demasiado ocupados en hacer nuevos amigos. Todo porque un día fueron invitados por el jefe de mi padre a una fiesta donde conocieron a gente importante. Y aquello se les subió a la cabeza al ver la oportunidad de poder subir escalafones en la sociedad. Se gastaron dinero en cosas absurdas, como un marco dorado, porque a mamá se le metió en la cabeza que debían tener un retrato, como toda aquella gente, para ponerlo en el salón y así causar una mejor impresión. Gente que yo apenas vi, porque solo hubo unos pocos que pasaron por nuestra casa, por la cosa de cumplir, pero procurando no quedarse mucho tiempo. Mis padres estuvieron semanas enredando con ese marco para buscar la pose que quedase mejor para la posteridad, incluso a mis tíos les entró el gusanillo de querer tener uno. Pero creo que llegó un momento en que comprendieron que ellos jamás podrían pertenecer a ese mundo, el de los ricos. Después, vino la calma. Y todo volvió a ser como antes. Papá siguió con su pequeño puesto de contable, mamá tuvo que conformarse con sus amistades de siempre, a mi no me quedó más remedio que seguir obedeciendo y el dichoso marco, como todos los demás bártulos inútiles que adquirieron, acabaron cogiendo moho en el sótano sin que a nadie pareciese importarle demasiado.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Georges Bizet - II. Adagio, de la Sinfonía en Do mayor. Symphonie Orchestra/Alfred Scholz (https://www.youtube.com/watch?v=vSJQybaZrnA)

6 de diciembre de 2013



Según contaban, fue algo muy intenso y extremo. Confieso que todo aquello me cogió desprevenido, pues ese año era en el que había comenzado mi primer curso en la universidad. Y como cualquier primerizo estaba despistado frente a ese nuevo mundo que se abría de golpe ante mis ojos, tan rápido que apenas tuve los recursos suficientes para reaccionar a tales estímulos. Además estaba solo en un lugar donde tenía que resolver mis propios asuntos, sin padres protectores que defendiesen mis intereses por la sencilla razón de que ya era mayor. Como mis compañeros, quienes también estaban en la etapa de iniciación hacia la vida adulta. Pero aún así, aquello fue una situación límite, decían, para la que nadie estaba preparado y de la que se habló durante meses. Lo confieso, me sentía bastante confuso, incluso aturdido, porque para muchos aquel suceso había sido el acto supremo de la pasión. Esa era la teoría que defendía el catedrático de estética, quien pensaba que aquello fue su máxima expresión porque llevó a unos individuos hasta tal extremo que llegaron a pasar hambre en su denodada intención por alcanzar la verdad absoluta. Supe más tarde que hubo una explosión de vehemencia y desmesura, incluso hasta un ascetismo que llevó a alguno de los presentes a conseguir la plenitud existencial. A día de hoy todavía hay cosas que no he podido clarificar, aunque los hay que sostienen que lo último que se oyó en aquella tertulia filosófica, ya al borde de la extenuación, fue un grito que, sin apenas aliento, reivindicó a Wittgenstein diciendo eso «de lo que no se puede hablar hay que callar». 

 · Fondo musical para acompañar la lectura: Tomaso Giovanni Albinoni - Adagio para órgano, violín y cuerdas en Sol menor (I Musici) (https://www.youtube.com/watch?v=NdCTBeqML10)

4 de diciembre de 2013



Mis investigaciones para tratar de averiguar las causas que me habían llevado a un estado de ambigua levedad hicieron que descubriese un asunto espeluznante que había ocurrido mucho tiempo atrás. No sé muy bien como ni cuando, pero en un momento dado estaba rebuscando entre los legajos de la biblioteca de la universidad de Oxford donde hallé unos informes sobre un hecho insólito. Ante la imposibilidad de dominar mi curiosidad me entregué de forma obsesiva a estudiar tan enigmático suceso, ya que sus circunstancias me eran extrañamente familiares. Hasta que surgió la primera pista. Una repentina inquietud recorrió mi ser. Dudé unos instantes, pero decidí, sin más dilación, seguir su rastro, que me llevaba hasta el cementerio de Wolvercote, a donde me dirigí ya entrada la medianoche. Después de examinar con detenimiento una infinidad de tumbas, no encontré nada revelador, lo que me sumió en una profunda desesperación, con la impresión de que había llegado a un camino sin salida. Sin embargo había algo imperceptible en el ambiente que acrecentaba el misterio, que me producía la escalofriante sensación de que nadie parecía percatarse de mi presencia. No sabía lo que era. Tampoco le di importancia, y continué con mis indagaciones, sin prever que la terrorífica realidad que descubriría después me sumiría en una dramática angustia que, desde entonces, me atormenta impunemente. El aterrador hallazgo fue aquella fotografía. La imagen de una perversa novatada. La trágica constatación de que era un ente etéreo, un espíritu, porque aquel hombre decapitado era yo.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Johann Sebastian Bach - Erbarme dich, de La pasión según San Mateo (Julia Hamari, Karl Richter, Münchener Bach Orchesterm Chor & Chorbuben, 1971) (http://www.youtube.com/watch?v=aPAiH9XhTHc)

3 de diciembre de 2013



Ahora soy un hombre anciano y todavía trato de encontrar una explicación de todo aquello, aunque sigo sin sentir nada, ni siquiera tengo conciencia del horror que produje aquel día de mi cumpleaños. Un suceso que fui desentrañando, no sin dificultad, por el rechazo que generaba en algunas personas, ya que había sido un caso célebre. A través de los testimonios de quienes conocieron a mis padres, como también por medio de los informes policiales sobre lo ocurrido en aquella nefasta jornada que cambiaría mi vida para siempre, pude conocer algunos detalles. Además, según pude comprobar por mi historial médico, ese día sufrí un ataque de amnesia del que no me he recuperado a pesar de los numerosos tratamientos que he recibido. Pero supe que me llevaron a una institución de acogida y que, después, me trasladaron a un reformatorio en el que, al parecer, causé bastantes problemas. También sé que mi existencia, hasta ahora, ha transcurrido de un sanatorio a otro aunque es algo que tengo muy difuso en mi mente. Pero lo importante es que hace unos pocos días pude saber la verdad, que mis padres habían decidido organizarme una gran fiesta de cumpleaños, que mi madre decoró la casa y se puso una caperuza en la cabeza, que mis hermanos saltaban de alegría y que me regalaron un revolver a imitación del que tenía mi padre, que era policía. Pero después, al parecer, comencé a jugar desaforadamente, sin darme cuenta que había cogido erróneamente la pistola equivocada.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Philip Glass - Music box, de Candyman (http://www.youtube.com/watch?v=TEKQcaU7yqE)

2 de diciembre de 2013



En la pequeña ciudad de provincias donde pasé mi infancia nunca sucedió nada fuera de lo normal. Los días eran iguales, salvo por el clima, un nacimiento, una boda o un fallecimiento que parecían ser tan sólo los únicos acontecimientos que podían variar por unas horas la monotonía habitual. Hasta que hubo alguien que en un momento dado se percató de la desaparición del joven Sébastien Beaulieu, levantándose un enorme revuelo entre la población. Al fin y al cabo, Sébastien no sólo era un tipo apuesto, simpático, vividor y mujeriego, sino que era el hijo de un conocido aristócrata dedicado a la viticultura. El misterio acrecentó las teorías, como también generó un torrente de emociones que jamás habían vivido las gentes del lugar hasta aquellos días porque a vida diaria se transformó en una continua alteración movida por las sospechas de unos hacia otros ya que, de repente, todo el mundo tenía razones para matar al joven Sébastien. La llegada de un inspector de policía de París para hacerse cargo del asunto no hizo sino aumentar el recelo general. Bernard Lapointe, que era su nombre, resolvió el caso tras llevar a cabo una exhaustiva investigación provocando la estupefacción general cuando apuntó a la viuda Lémieux y sus cinco hijas, solteronas ellas, a quienes todo el mundo definía como “desconfiadas, taciturnas y poco sociables”. Al parecer, en una de sus correrías nocturnas, y entre vapores etílicos, Sébastien le había apostado a sus amigos que conseguiría seducir a una de las hermanas en menos que canta un gallo. Luego su rastro se perdió cuando se dirigía, tambaleándose, hacia la casa de las Lémieux, donde, semanas después, Lapointe y sus hombres lo hallaron tendido sobre una cama, desnudo y, según dicen, con síntomas de agotamiento.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Lucienne Delyle - Mon amant de Saint-Jean (https://www.youtube.com/watch?v=93_pv-XWHpQ)