31 de enero de 2014




Si hubo alguien que tuvo carácter en la familia esa fue sin duda mi abuela, una mujer que había forjado su temperamento durante la Gran Depresión, peleándose con quien fuese para sacar a la familia adelante. Porque el abuelo, que era un tarambana, aprovechó la coyuntura para dar rienda suelta a sus sueños de aventura con la excusa de marcharse en busca de trabajo, cuando en realidad, y según las escasas noticias que nos llegaron, se convirtió en uno de esos vagabundos que se dedicaban a recorrer el país en trenes de mercancías. Estaba claro que el abuelo era un zascandil, pero también la abuela tenía un genio de cuidado. Y cuando se ponía en esa postura, con los brazos en jarra, sus hijos, y nosotros, sus nietos, temblábamos, porque sabíamos que se avecinaba un rapapolvo. Por eso, aquel día, cuando desde la ventana vimos al señor Roberts, quien era el vendedor de enseres de cocina del pueblo, nos apostamos ante la ventana al percatarnos que la abuela se ponía en posición, marcando las distancias con su característica pose. Entonces la curiosidad se tornó en emoción, ya que sabíamos que ella, desde que el botarate de su marido la tomó el pelo para irse de aventuras, nunca se había fiado de nadie y menos de un vendedor, aunque fuese el Sr. Roberts a quien conocía desde que era un niño. Pero algo sucedió ese día cuando el Sr. Roberts desplegó todo su arsenal, porque fue la única vez que vimos a la abuela reblandecerse. Le compró varios cuchillos. Nunca habló de ello, pero yo siempre he supuesto que albergaba la esperanza de que el abuelo regresase algún día para rendirle cuentas.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Lightnin' Hopkins - Bring me my shotgun (https://www.youtube.com/watch?v=pTmVKNxEnYA)

30 de enero de 2014




Mi padre fue un tipo muy peculiar. Diría que incluso único. Aunque también, cierto es, que tampoco fue de esas personas que detuviese a la gente a su paso cuando iba camino al quiosco para comprar el periódico del domingo. Al fin y al cabo era un humilde vendedor de electrodomésticos que hacía lo mejor que podía su trabajo. Se contentaba con muy poco, como solía decir mi madre, pero ahí residía su grandeza, en que era un hombre que cualquier cosa pequeña que sucediese le hacía feliz. Así de simple. Daba igual que ese sábado perdiesen los Yankees ante los Detroit Tigers, o que al día siguiente lloviese, porque de ser así la barbacoa se haría en el garaje. Así era mi padre. Y mi madre, en cierta manera, era igual. Sabía que sus ingresos no le podían permitir los modelitos y las joyas que lucían sus amigas, las que eran más pudientes, pero también las más pretenciosas por sus ansias de presumir. A ella esas cosas le daban igual. Era feliz con lo que tenía, y con mi padre tampoco dio muestras de que se aburriese, aunque él no era de esos hombres que manifestasen sus sentimientos con exceso. Por eso, cuando mis hermanos y yo crecimos y nos fuimos a la universidad, a ellos les entró como una especie de pánico al vacío. No desde el punto filosófico, sino físico, por el hecho de que la casa, de repente, se les hizo demasiado grande. Y de golpe, decidieron rellenar ese hueco con un poco de alegría, pero a su manera, y sin que les supusiese mucho trabajo. Y ahí es cuando adoptaron a Laura y a Nick que, además de que no les ocasionaron gasto alguno, tampoco estos manifestaron queja o reproche alguno, aparte de que les proporcionaron muchos ratos de diversión.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Jan & Dean - Baby Talk (https://www.youtube.com/watch?v=TNTD_3IqWrk)

29 de enero de 2014




Todavía recuerdo a mi madre llorando desconsoladamente sentada en el sofá del salón y a mi padre llevándose las manos a la cabeza cuando supieron la verdad sobre el tío Modest por aquella carta anónima que llegó una tarde de otoño. Yo tenía once años, y aunque todavía muchas realidades se escapaban a mi entendimiento, había otras de las que estaba demasiado enterado gracias a mi tío Modest quien, a pesar de todo lo que sucedió después, aún le sigo considerando mi primer maestro en las cosas de la vida. Porque hasta aquel día, el del cisma familiar, el tío había sido un enigma para todo el mundo. Nadie sabía muy bien a que se dedicaba. Tampoco tenía importancia, porque lo fundamental para nosotros era lo que nos contaba. Sabíamos que era un bon vivant, que viajaba mucho, pero también que era un gran narrador. Recuerdo veladas en las que nos dejaba ensimismados con los relatos de sus correrías, cuando asistía a todas esas fiestas a las que acudían famosos, estrellas de cine, políticos, nobles y gentes con glamour; de los vinos y el champagne; de las bellas mujeres que seducía bailando, porque, según él, la música vivía en sus pies, y de tantas cosas más. Fiestas que a veces tenían lugar en el Soho londinense, en el parisino Saint–Germain–des–Prés o en un barco sobre el Gran Canal de Venecia. A mi madre, aunque sabía que su hermano era un tarambana, le hacía feliz escuchar sus relatos de ensueño. Al fin y al cabo, mis padres llevaban una rutinaria existencia en su pequeña mercería donde los clientes casi siempre eran los mismos. Pero aquel día todos esos sueños se vinieron abajo, de sopetón, cuando vimos por primera vez la imagen de una de aquellas sofisticadas fiestas, la de esa fotografía que vino en un sobre anónimo, con el tío bailando el tango, del que decía que era su especialidad, y con ese mensaje subliminal en forma de nariz postiza que parecía decirnos a gritos que el tío era, en realidad, un farsante, con su encanto, pero un farsante.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Juan D'Arienzo - La cumparsita (https://www.youtube.com/watch?v=drZnrRXBNPk)

28 de enero de 2014




Éramos cuatro hermanos que estuvimos siempre muy unidos. Íbamos juntos al colegio, hacíamos juntos los deberes, jugábamos juntos en la calle. Pero sobre todo lo que hacíamos juntos era cantar, a todas horas, las canciones del Peerless Quartet, de los que teníamos todos sus discos. Porque eran los favoritos de nuestros padres. Ellos, que poseían una modesta tienda de alimentación, se conmovían cada vez que cantábamos sus canciones. Cuatro voces angelicales, decía mi madre, mientras sujetaba su pañuelo empapado de lágrimas, emocionada, sobre todo cuando entonábamos “Nearer my God to thee”. Nuestro padre, que sabía algo de música, ya que tocaba el órgano en los oficios de los domingos, pensó que aquello era un regalo divino y que como tal, había que darlo a conocer al mundo. Así que, del día a la noche, casi sin enterarnos, nos vimos inmersos en una espiral de conciertos por los teatruchos de mala muerte del estado. Pero el éxito se nos resistió, a pesar de la perseverancia de mi padre, quien no pareció darse cuenta que la cantante infantil de moda en aquella época era Shirley Temple, como también de que el tiempo pasaba y que nosotros íbamos creciendo. Hasta que no tuvo más remedio que aceptar los hechos. Lo malo es que cesó en su empeño en la que sería nuestra última actuación, después de tantas haciendo el ridículo, porque ya nos salía la barba y nuestras voces habían cambiado.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Peerless Quartet - Nearer my good to thee (https://www.youtube.com/watch?v=v7QdNFmN1nE)

27 de enero de 2014





Tuve una infancia marcada a causa de la desbordante imaginación de mis padres que había empezado el día que vine al mundo, cuando me trajeron a los brazos de mi madre en la maternidad. Porque enseguida creyeron notar que algo extraño había en mí, algo que delataba ese marcado gesto que endurecía los rasgos de mi rostro, la que ha sido después mi seña de identidad hasta estos días, cuando ya soy un jubilado entre tantos más. Sea lo que fuere, su temor les hizo desatar un cúmulo de sentimientos encontrados que les precipitó a una situación terriblemente angustiosa para unas personas de fuertes convicciones religiosas como lo eran mis padres. Pero el miedo se tornó en horror cuando inicié mi vida escolar, en la que si hubo algo por lo que destaqué fue por mi comportamiento conflictivo. No lo podía evitar, pero yo estaba siempre inmiscuido en las peleas que se producían en el patio o a la salida de clase. Y mis padres creyeron que, en verdad, el maligno me había poseído. Lo que supuso para mí el inicio de un largo peregrinaje visitando capellanes y sacerdotes especializados en exorcismos. Pero al final, todo aquello sólo valió para que mis padres hiciesen un ridículo espantoso porque yo, simplemente, fui un chico malote al que la naturaleza le puso mala cara, que me serviría, tras enderezarme en unos cuantos reformatorios, para hacer carrera en la hacienda pública como inspector.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Robert Johnson - Me and the devil blues (https://www.youtube.com/watch?v=bSch47wftZM)

23 de enero de 2014




Yo estaba ahí, inquieto, algo asustado, en el lugar que tantas veces había soñado con ir desde hacía tiempo, cuando lo vi por primera vez en nuestra televisión en blanco y negro, de esas que tenían los bordes de la pantalla curvos. Y justo, cuando llega el tan ansiado día, y estoy allí, por fin, haciendo realidad mis deseos, un estremecimiento recorrió mi ser. Y vino nueva preocupación para mí, que estaba con mi madre, tan sonriente, tan feliz por haberme llevado allí. No podía desilusionarla. Por eso fui consciente desde un primer momento que debía disimular mi pesadumbre. Como mejor pudiera. Ella lo hizo con tanta ilusión. Como todas las cosas que hacía por mí, siempre colmándome de atenciones y hasta haciendo malabarismos a veces, para concederme un capricho. También es cierto que era su ojo derecho. Aunque tampoco es ningún mérito cuando se es hijo único. Si no más bien lo contrario, porque siempre estuvo demasiado pendiente de mí. Pero aquel día, el mundo se me vino abajo. Me tuve que enfrentar por primera vez a la realidad. Adoraba al ratón Mickey, era único para mí. Y allí, donde se suponía que estaba el de verdad, había dos. Y para colmo, no se le parecían en nada. Ninguno de los dos. Ni siquiera en la voz. Y aún así callé, para no entristecer a mi madre, e intenté disfrutar todo lo que pude. Ella nunca me dijo si ese día notó algo raro en mí. Pero yo tampoco hice por preguntárselo.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Ben Bernie & All the Lads - What! No Mickey Mouse (https://www.youtube.com/watch?v=AqOKoHu-MRk)

22 de enero de 2014




No estoy loco. Todo aquello sucedió tal como siempre lo conté. Pero nadie me cree. Ni siquiera aquel petulante abogado que se limitó a decirme que en su dilatada experiencia jamás había oído una historia tan ridícula. Llevo una década encerrado en un grisáceo sanatorio mental purgando por un crimen que no cometí. Sólo quiero que alguien crea en mi inocencia y me ayude. Yo no lo hice. Fue lo primero que le dije a la policía cuando llegó al laboratorio y vio al doctor Martin tendido en el suelo, inerte. El impacto había sido mortal. Pero soy inocente. Además, sentía una gran admiración por el doctor. Era su ayudante. Llevábamos muchos años de trabajo entregados a la creación del autómata perfecto. Le dimos forma de mujer. Y lo conseguimos. ¡Vaya si lo conseguimos!. Sus movimientos rozaban la perfección absoluta, como su cuerpo, tan esbelto, tan armonioso. Una verdadera obra de arte. Pero el doctor se enamoró de ella. Era tan real. Por eso mismo no pudo soportar que su creación le rechazase. Y en un ataque de ira comenzó a darle martillazos. Hasta que desprendió la cabeza y cayó sobre la suya, para después venir rodando a mis pies. Aun no sé por qué lo hice, pero la cogí, sin darme cuenta de que había dejado mis huellas en ella.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Billie Holiday - Sophisticated Lady (https://www.youtube.com/watch?v=bAXLGLzQNTI)

21 de enero de 2014




En mi larga vida como detective jamás me había enfrentado a un caso de aquel calibre que me supuso perder bastantes amistades y ganarme muchas enemistades. Hubo momentos en los que sentí una gran impotencia, a pesar de que conocía todos los antros de Buenos Aires y tenía soplones en cada rincón. Y ninguno de ellos conseguía darme una pista sólida, lo que me hizo dar infinidad de vueltas que siempre acaban llevándome al mismo Lugar. El lugar donde ocurrían los hechos. Lo sabía. Entré allí muchas veces. Pero sin conseguir resultados. Salvo su nombre. Malena. La seductora Malena, tan atractiva, tan astuta, con muchos recursos, demasiados, experta en el arte del fingimiento y en muchas cosas más. Malena, quien un día empezó a poner mala cara cada vez que me veía entrar. Se estaba poniendo nerviosa. Eso me favorecía, pensaba, porque, tarde o temprano, la llevaría a cometer un error. Sentí entonces que dominaba la situación. Ahora era cuestión de psicología. Y de tiempo. Entonces fui poco a poco aumentando la presión, con mucha sutileza. Creo que ahí fue cuando me enamoré. Pero traté de no dejarme influir por mis sentimientos. Era un asunto serio en el que llevaba años trabajando. Me mantuve firme. Estaba seguro de solucionarlo. Pero no fue así. El caso se quedó sin resolver. Ahora, después de tantos años, aquí, en la residencia, donde pronto terminarán mis días, pienso en cada uno de los detalles de la investigación, tratando de ver si hubo alguno que se me pasó por alto. Sigo sin encontrarlo, por mucho que lo intento. Pero siempre supe que aquel sitio era lugar del crimen. Lo sé, porque, a pesar de mi miopía, siempre vi piernas cortadas.

(Foto: cortesía de Cinthia Rajschmir)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Aníbal Troilo - Malena (https://www.youtube.com/watch?v=emu1PYcNk1w)

17 de enero de 2014




Fue durante aquel viaje financiado por la universidad de Kiev para realizar un estudio demográfico de los Cárpatos, cuando al detenerse en la localidad de Kryvorivny el profesor Kostyantyn Kovalenko vio algo extraño en el comportamiento de sus habitantes. Tal fue su intriga, que decidió quedarse un tiempo para investigar ese fenómeno tan inusual, ya que pensó que podría tratarse de un hallazgo antropológico de gran relevancia. Kostyantyn se preguntaba como aquellas gentes habían transformado una respuesta tan natural en el ser humano como la risa en algo tan desproporcionado. ¿Sería por algún desconocido elemento específico en sus tierras de cultivo que afectaba directamente a los productos alimenticios? ¿Quizá de la composición del aire por la altitud en la que se hallaba el pueblo? ¿O simplemente era cosa de una anomalía genética? Después de varios días conviviendo con ellos, Kostyantyn no encontró respuesta alguna convirtiéndose en un mero testigo de como aquellas gentes vivían y hablaban entre bromas y chanzas, riéndose siempre los unos con los otros, como si estuvieran compitiendo para ver quien decía la ocurrencia más graciosa. E incluso Dmytro e Iryna, que tenían fama de ser el matrimonio más serio de la localidad, le recibieron a carcajadas. Hasta que Kostyantyn, agotado, tiró la toalla y prosiguió su viaje.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Marichka - Chervona Ruta (https://www.youtube.com/watch?v=u2tdMwQobZ0)

16 de enero de 2014




Ahora que están reunidos con una médium interrumpiendo mi descanso eterno para saciar su curiosidad les contaré la verdad de lo sucedido. Quizá muchos de ustedes no puedan imaginarse el dolor que causa un bloqueo creativo cuando se siente la necesidad vital de escribir. Un bloqueo que puede durar un día, dos, tres, una semana, incluso meses. Mientras tanto, contemplas la hoja en blanco, preparada, lista, colocada dentro de la máquina de escribir. Puedes pasarte horas mirándola sin que ocurra nada, sintiéndote incapaz de pulsar una tecla pese a tus esfuerzos por hacerlo. Pero cuando crees haber vencido el miedo pasarán más cosas como que esa hoja se convierta en la primera bola de papel arrugada de las muchas que irán después a la papelera. O que las palabras fluyan y entonces la cosa irá bien. Esto podría ser el resumen de lo que fue mi vida de escritor, marcada además por mi escasa fortuna pero con un solo momento dulce, aunque breve, cuando, después de varios años, terminé la que sería mi única novela. Una novela en la que pretendí dibujar el que pretendía que fuese el gran fresco sobre el mundo del hampa. Lo conocía muy bien. Había nacido en Chicago y algunos de mis mejores amigos de la infancia fueron conocidos gangsters en la época de la Ley Seca. Pero mi novela desapareció. Aquella mañana en que me disponía a llevarla a un editor irrumpieron de súbito en mi apartamento dos individuos quiene sin mediar palabra me acribillaron a balazos. Al elevarse mi alma vi a uno de mis asesinos coger el manuscrito. El culmen de mi mala suerte lo contó la prensa al día siguiente, cuando se supo que en el piso contiguo al mío se refugiaba un testigo protegido con el libro de contabilidad que implicaba al jefe de una de las bandas más importantes de la ciudad.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Duke Ellington - A sentimental mood (https://www.youtube.com/watch?v=7UKGc8J463k)

15 de enero de 2014




La pequeña Annette Lesauvage se había lastimado el ojo en un momento de efusividad, cuando jugaba con su muñeca. De ahí que el parche que le pusieron minimizó su expresión de sorpresa, la que si mostraron sus padres y su hermano Marcel cuando aquella tarde de abril se presentaron unos periodistas en su casa. La noticia había corrido como la pólvora en la pequeñaciudad de provincias donde vivían, generando un gran revuelo. Porque los Lesauvage siempre fueron muy tradicionales además de muy discretos, pese a que ambos eran personas conocidas ya que Louis, el padre, era médico y Claudine, la madre, una respetada dama entregada a actividades benéficas. Sus tres vástagos parecieron seguir la mesura y la rectitud que les inculcaron sus progenitores llevando dichas virtudes hasta tal extremo que desde siempre habían llamado la atención en el colegio por su inusitada seriedad. Por ello, aquella fatídica tarde los Lesauvage creyeron que el cielo se les venía encima al saber que Camille, su modosita hija mayor de quien pensaban que ejercía como profesora en la Sorbona, era en realidad una conocida cantante de las noches parisinas que se había hecho muy popular por sus letras picantes y sus cautivadores encantos sobre el escenario.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Claude Goaty - Si tu voulais de moi (https://www.youtube.com/watch?v=Pg0cLrJC_34)

14 de enero de 2014




El tío Emeric fue el único pariente quien, sin tener mala intención, rompió con la que había sido la noble y larga tradición familiar por la aeronáutica. Una tradición que inauguró el tatarabuelo Segismund cuando, según cuentan, construyó el primer globo aerostático en Inglaterra. Dicen que fue tal la impresión que causó en sus hijos cuando le vieron elevarse hacia el cielo que estos decidieron seguir sus pasos. Y así, durante generaciones, el amor por volar se convirtió en un virus que fue pasando de unos a otros. Los hubo que fueron avezados pilotos caso del abuelo Norbert, que se convirtió en un héroe de la I Guerra Mundial al derribar trece biplanos alemanes en las costas de Dover; como también, pero en tierra firme, otros se dedicaron al diseño de prototipos avanzados como mi padre, que fue el primero de su promoción en la escuela de ingenieros. Sin embargo la naturaleza le había jugado una mala pasada al tío Emeric, ya que ni tuvo la privilegiada mente de su hermano ni tampoco la suficiente habilidad para pilotar un caza como el abuelo. De hecho sufría de vértigo. Y para colmo de males ni siquiera había heredado el distinguido porte que caracterizaba a nuestra estirpe. Algo que le hizo ganarse la fama de inútil, por lo que se empeñó en demostrar que él también podía tener buenas ideas. Pero desafortunadamente la que fue su única aportación al mundo de la aeronáutica truncó de súbito su breve carrera llevándolo a la locura. Aún recuerdo la gran impresión que me causó cuando meses más tarde le visitamos en el sanatorio mental donde estaba internado. No nos reconoció. Y nunca lo haría después. Mi padre me dijo que el tío, siempre tan excesivo y tan bruto, fue incapaz de controlar su ímpetu cuando presentó ante un grupo de industriales su casco para paracaidistas.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Charlie Spivak & His Orchestra - When I see an elephant fly (https://www.youtube.com/watch?v=fEtRhxYNeFc)

10 de enero de 2014




Aunque han pasado muchos años de aquello, aún no acabamos de encontrar una explicación lógica que nos aclare lo sucedido. Quedamos muy pocos de la promoción del 33 pero tratamos de mantener la tertulia filosófica todos los viernes en una vieja cafetería que aún conserva los olores de antaño. Sea como fuere, y a pesar de que los achaques no nos permiten acudir todas las veces que quisiéramos a la cita semanal, no hay día en el que mencionemos a Maurice, quizá el más visceral de los que formábamos aquel grupo. Siempre fue muy excesivo con sus gustos. Hasta que cayó en sus manos “El ser y el tiempo” y llevó hasta el paroxismo su admiración por Heidegger, alcanzando límites insospechados. Maurice se obsesionó con el significado del hecho mismo de que una entidad sea, es decir, que posea intrínsecamente la facultad de ser por sí misma, cuestionándose, a partir de esa premisa, el por qué hay algo en lugar de nada. Recuerdo que solía recalcar la idea de que la existencia, el Dasein según Heidegger, trasciende la realidad dada en dirección a la posibilidad del sobrepasamiento. Algo que subrayaba repetidamente con la cita del filósofo de que «la conciencia llama al sí–mismo del Dasein al salir de su pérdida en el uno. El si–mismo interpelado permanece indeterminado y vacío en su “qué”». Nosotros nunca le dimos demasiada importancia. Conocíamos a Maurice y sabíamos que, pese a sus cosas, era un ser inofensivo. Pero lo que no nos pudimos imaginar es que seguiría todo aquello al pie de la letra, causándonos una sorpresa mayúscula cuando lo supimos. Fue hace poco tiempo, y en un día en el que la casualidad hizo que coincidiésemos todos, cuando Octave, con mano temblorosa, nos mostró aquella fotografía. Aunque nos fue imposible identificar al otro, al que se quedó vacío en su “qué”.

· Fondo musical para acompañar la lectura: W. A. Mozart - Lacrimosa, del Requiem K 626. Wiener Philharmoniker/Sir Georg Solti (https://www.youtube.com/watch?v=BUj8Elw-gNg)

9 de enero de 2014




Fue algo que vino de súbito. Y que comenzó cuando me di cuenta de que a nosotros nos faltaba lo que tenían todos los demás, un pasado. Me invadió entonces una extraña melancolía. El bonito mundo en el que crecí se desmoronaba ante mis ojos. Y no porque a partir de aquel momento hubiese notado cambios en mi vida cotidiana, que no los hubo, porque los horarios siguieron siendo los mismos, sino porque empecé a sospechar que la que hasta entonces fue mi casa era en realidad una escenografía. Y que aquellos que fingían ser mis padres eran dos de los muchos figurantes de una especie de obra teatral que se había creado a mi imagen y semejanza. Pero ¿por qué? ¿Por qué a mí? ¿Quizá era un elegido? Y toda esa parafernalia ¿acaso no sería un modo para asegurar el cumplimiento de mi destino? Tampoco recordé, por muchos esfuerzos que hice, que en aquel supuesto hogar hubiese habido extrañas reuniones o hechos de carácter sobrenatural. Pero un nuevo hallazgo durante mi intensa búsqueda de respuestas no hizo más que aumentar mis sospechas. Comenzaba pensar que yo era un ser que había sido programado, desde mi nacimiento. Noté que los figurantes comenzaron a inquietarse con mi comportamiento perjurándome una y otra vez que eran mis verdaderos padres. Fue cuando les pregunté por los álbumes familiares, la única huella física de nuestro supuesto pasado en común. Ellos me contestaron que se perdieron durante aquel lluvioso invierno, cuando se desbordó el río llevándose todos los recuerdos. Entonces les mostré la imagen, estirando mi brazo de manera brusca hasta ponérsela ante sus ojos. Él me contó que ella tenía un eczema en la cara cuando se hizo esa fotografía. Por eso la cortó, porque quería conservar mi imagen. La única que existía de mi infancia. Ella me dijo que desde siempre fui un chico muy imaginativo. Chantajes melodramáticos, pensé. Pero nunca les creí.

· Fondo musical para acompañar la lectura: John Adams - III. Put your loving arms around me, de Gnarly Buttoms (https://www.youtube.com/watch?v=DUeQ3qB5w-0)

8 de enero de 2014




Todo había sido idea de un joven y petulante concejal para incentivar esperanza en el ya de por sí desalentado ánimo de los vecinos de la pequeño villa costera donde viví mi infancia, que veían como el turismo, su principal fuente de ingreso, había dejado de acudir. Simplemente, los tiempos estaban cambiando y ya no estaba de moda veranear en nuestra localidad.Es por ello que aquel concejal, en su obsesión por subir escalones en la política local y que ésta le sirviese después como trampolín para saltar al ámbito nacional, su verdadera ambición, inventó aquel eslogan de que “En Dymchurch se toca el cielo”. Y se propuso, para imprimir más veracidad al lema, escenificar el lugar como si fuese un autentico paraíso terrenal, movilizando a todos sus habitantes. Recuerdo que, durante mucho tiempo, mi amigo Phil y yo nos sentimos culpables del estrepitoso fracaso que tuvo la iniciativa. Él porque perdió la gorra y se puso un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol, y yo porque aparecí con mi brazo en cabestrillo debido a una caída en bicicleta. Aunque luego supe que muchos atribuyeron el desastre a la poca vista de quien se le ocurrió esa extraña combinación entre soldaditos y ángeles que, para colmo, no mostraron en sus rostros demasiado entusiasmo.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Grace Fields - What can you give a nudist for his birthday (https://www.youtube.com/watch?v=prnG71EFuKM)