29 de octubre de 2014




Sandalio López siempre ha salido en las fotos. En las que se hicieron aquel azaroso día no saldrá a pesar de la consternación que va a provocar cuando revele su decisión. No ha podido dormir durante toda la noche. Sus nervios le han hecho pasear de un lado al otro del salón, beber algunos tragos de whisky y fumar compulsivamente. Todavía su cabeza dará vueltas momentos antes de dirigirse a los suyos. Arrastra ya muchas semanas de reflexión, de dudas, de angustia, pero ha decidido dar el paso. Un paso que siente como algo trascendental, incluso histórico. Sabe que hasta sus personas de confianza pueden darle la espalda después de tantos años de trabajo y compromiso, de patear mercados y pequeños comercios, escuelas y asociaciones vecinales, ambulatorios y residencias de ancianos, día tras día, hablando con unos y otros, ganando su confianza. Pero su determinación es irrevocable. Así se muestra, con gesto imperturbable cuando llega el momento. Pone sus papeles sobre el atril. Se coloca el nudo de la corbata. Alza la vista y mira a su alrededor. Tras un corto silencio comunica a su equipo que como alcalde ha decidido convertirse en un hombre recto, íntegro y honrado. De su salida de la sala de juntas tampoco habrá imágenes.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Philip Glass - Glassworks / Opening (https://www.youtube.com/watch?v=anyFjDb9oLE)

25 de octubre de 2014




Aquel día lluvioso de otoño un abatido Frédéric debe de tomar una determinación. Pasa la mañana paseando por los Campos Elíseos absorto en sus pensamientos. Su vida, piensa, depende de una decisión que, sea cual sea, determinará el curso de su existencia. Por un lado sabe que si la respuesta es afirmativa se abrirán dos posibilidades, que se cumplan sus deseos o que, por el contrario, sea una broma del destino y ello le implique ser, entre otras cosas, el hazmerreír entre quienes le conocen. Pero en caso negativo, se vuelve a repetir la jugada, es decir, aparecen otras dos opciones. O bien que no pase absolutamente nada, con lo que su credibilidad se mantendría incólume pero con la duda permanente de lo que hubiese podido suceder en caso de elegir lo contrario. Y lo contrario, que es precisamente la otra opción, aunque a expensas de que finalmente pudiese ser un espejismo fruto de su imaginación. Pero por el momento Frédéric decide no decir nada a nadie sobre su preciada posesión. Porque hay algo raro en el genio de la lámpara. No solo la forma de esta difiere de la original sino que el genio siempre está sonriendo de manera perversa mientras fuma un cigarrillo tras otro. Y todo eso le resulta demasiado sospechoso.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Lucette Raillat - La môme aux boutons (https://www.youtube.com/watch?v=xuoaT0Df42k)

24 de octubre de 2014




Ahora, que ya lleva enterrado desde hace casi una década, poco importa lo que unos y otros puedan seguir diciendo sobre mi hermano Nicholas. Sé que nada va a cambiar y que cada cual puede pensar lo que le venga en gana, pero tan solo pretendo que se haga justicia, porque mi hermano fue una víctima más de la sociedad. Él era el mayor y yo el pequeño de cuatro hermanos. Quizá por ello, desde que tuve uso de razón, sentí una profunda admiración por él. Algo que se acrecentó cuando presenciaba sus continuos enfrentamientos con el resto de la familia, sobre todo con nuestro padre quien no aprobaba su actitud. Nicholas era como era, y además un chico muy apuesto. Tenía un éxito arrollador con las chicas, algo que potenciaba imitando los ademanes de James Dean. Hasta que se le metió entre ceja y ceja convertirse en playboy. Al fin y al cabo era un trabajo que permitía ver mundo, conocer gente y mucho más limpio y con más beneficios que el humilde taller mecánico de nuestro padre. Aunque implicase muchas veces vérselas con la ley, y que en su caso fueron tantas que llegó a hacerse muy popular entre los uniformados. Y aún ahora, que han pasado tantos años, y desde la perspectiva que me da la vejez, sigo pensando que lo que realmente perdió a Nicholas fue su manera de ser, porque en el fondo era un ser impresionable, influenciable, ingenuo, al que le obnubilaban las tonterías que le decían repetidamente las bobaliconas amigas de mi hermana Henrriette, como aquella de que si era igual que James Brown.

· Fondo musical para acompañar la lectura: James Brown - It's  man's world (https://www.youtube.com/watch?v=QCdc1YW001Q)

22 de octubre de 2014




Aquel convulso verano de 1962 fue muy excitante para nosotros. Y no solo por los acontecimientos que se iban produciendo ante nuestros ojos y en los que intuíamos nuevos cambios en la sociedad, sino porque también regresamos cargados con un renovado ímpetu en nuestra intención de transformar las viejas costumbres de Wahpeton, la pequeña localidad del Medio Oeste donde crecimos y que habíamos abandonado nueve meses atrás para iniciar nuestros estudios en la universidad. Estábamos ansiosos por llevar a la práctica las ideas que nos había transmitido el profesor Kaplan, un tipo con fama de agitador que nos impartía filosofía política. Por eso nada más llegar nos pusimos manos a la obra. Teníamos que cambiar el anticuado sistema preestablecido iniciando la revolución con un acto subversivo que provocase la suficiente conmoción como para despertar de un plumazo las aletargadas almas de nuestros conciudadanos. Si no fuese por la súbita impresión que le causamos a la anciana señora Hastings cuando pasamos delante del porche de su casa donde se hallaba plácidamente sentada en su mecedora, nuestra acción hubiese sido un éxito rotundo. Pero la ignorancia, que todo lo tergiversa por su alienación mental, se encargó enseguida de desprestigiar nuestro acto tachándolo de subrepticia y pueril gamberrada.

· Fondo musical para acompañar la lectura: The Lively ones - Misirlou (https://www.youtube.com/watch?v=o5so-msI7uI)

20 de octubre de 2014




El 13 de octubre de 1910 Harry Ellsworth resolvió el misterio que generó un gran revuelo social él cual se había acrecentado cuando varios reputados especialistas en la materia no pudieron dar una explicación exacta sobre la tan sorprendente como curiosa técnica con la que el catcher Jimmy McClure estaba destinado a revolucionar el béisbol. Por lo pronto, había generado una encrespada división de opiniones, desde quienes afirmaban que provenía de otra galaxia, es decir, sus seguidores, hasta los que le acusaban de hacer trampas, o sea, sus adversarios, ya que les parecía muy extraño que un equipo como el de McClure hubiese permanecido imbatible durante aquella temporada como también que aquel no cometiese ni un solo fallo en ninguno de los partidos jugados. Por más que McClure defendió su inocencia, la Liga Americana de Clubes de Béisbol Profesional abrió una investigación a instancias de las autoridades políticas para aclarar el asunto ante el temor a que este pudiese tambalear la estabilidad del país. Las sospechas se disiparon definitivamente con la prueba fotográfica de Ellsworth que demostró que no había tal misterio: no solo todo lo que decía McClure era verdad, sino que además reveló que poseía un prodigioso talento para la observación.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Al Bowlly - Did you ever see a dream walking? (https://www.youtube.com/watch?v=p6pfR7lsZWw)

10 de octubre de 2014




Aquel día Atilano Ramírez se siente feliz. Agarra el volante con pulso firme mientras aprieta el puro en sus labios. Está a punto de iniciar un viaje hacia las tierras salvajes cumpliendo un sueño de la adolescencia, cuando leía las novelas de Zane Grey y se imaginaba las llanuras. Pero Benita, su mujer, muestra una alegría más contenida. Aunque todo aquello le parece ridículo, es consciente de la ilusión que le produce a su marido. En realidad es una nimiedad, piensa, un capricho barato y no le importa ceder. Al fin y al cabo Atilano trabaja demasiadas horas en el pequeño restaurante que regenta en Brooklyn. Sin embargo, para Matilde, su hija, es una tontería, como muchas otras de su padre, y además aburrida. De ahí la rígida expresión de su cara, ya que prefería estar con sus amigas. Y con ellos los padres de Benita, don Camilo y doña Eulalia, quienes también abandonaron Úbeda, pero para estar cerca de su hija, porque siguen viendo con recelo a su yerno y sus absurdas ideas de soñador. No se fían de él, por eso les acompañan, como tantas otras veces, por si acaso, aunque sea ante un fotógrafo en una caseta del parque de atracciones de Coney Island.

(foto: cortesía de Luis Argeo y http://tracesofspainintheus.org/)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Isaac Albéniz - Tango / John Williams (https://www.youtube.com/watch?v=j7ygTF2hBFk)

8 de octubre de 2014




Gaston Desmarchais, quien fuera el director de la banda municipal de Sévérac–le–Château, inculcó el amor por la música a sus tres hijos quienes desde niños ya habían dado muestras precoces de poseer un enorme talento musical. Cuando terminaron sus estudios en el Conservatorio de París, donde fueron alumnos de prestigiosos profesores como Jean Monteux en contrapunto y Jacques Bleuzet en composición, iniciaron una prometedora carrera como intérpretes bajo el nombre artístico de Trio Desmarchais. Sin embargo, las expectativas generadas pronto se diluyeron. Ya desde su primera actuación hubo algo extraño que no encajaba con el espíritu de las obras clásicas que interpretaron, pero a las que imprimieron un sonido muy característico que provocó en la crítica especializada tal desconcierto que algunos, o por miedo a equivocarse o por no tener palabras para definirlo, se cubrieron las espaldas calificándolo de vanguardia. Sea como fuere, ese efímero revuelo desató la tragedia que aniquilaría definitivamente a la formación. Si bien Jules con la guitarra y Gustave al violonchelo renacerían de sus cenizas convirtiéndose en el ya legendario Duo Desmarchais, la figura de su hermano Bernard, considerado el verdadero genio del trío, fue difuminándose lentamente al no conseguir que la ocarina tuviese cabida dentro del repertorio clásico.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Friedrich Burgmüller - Nocturne No.1 (https://www.youtube.com/watch?v=m_sKRr_n1NE)

6 de octubre de 2014




Después de tantos anuncios, presagios y profecías aquel 10 de octubre de 1968 llegó el futuro. Había nacido una nueva era, y con ella una profunda excitación que recorrió las entrañas del matrimonio Hamilton. Por fin, tras algo más de veinte años en la empresa, Roger era ascendido a jefe de departamento. Las cosas iban a cambiar, pensaba Margaret, porque en su nueva posición se relacionarían con la flor y nata de Crookston, adquiriendo el estatus de invitados imprescindibles a cualquier acto social que se preciase. El primer paso fue la renovación. Se acabó lo obsoleto, lo anticuado, todo lo que oliese a naftalina, el mobiliario estilo isabelino, la vajilla con imágenes de paisajes bucólicos, los cuadros con escenas de caza, las tapicerías con adornos vegetales, las cortinas bordadas, el gotelé, los zapatos de rejilla, las camisas a cuadros y los vestidos estampados. En poco tiempo y para asombro de sus allegados, los Hamilton se habían convertido en los adalides de la modernidad en Crookston. Transformaron el interior de su casa en un espacio amplio y minimalista al mismo tiempo que adquirieron un nuevo vestuario de rabiosa actualidad que seguía las últimas tendencias de la moda que venía de París. La vida parecía comenzar de nuevo. Pero la realidad fue otra ya que las invitaciones nunca llegaron. Sin embargo Margaret y Roger tampoco le dieron demasiada importancia al asunto porque enseguida lo atribuyeron a la envidia, a la ignorancia y a la estupidez de la mojigata y anquilosada sociedad de Crookston.

(A mi amigo Eduardo Trías, quien también me proporcionó la imagen)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Esquivel - Begin the begine (https://www.youtube.com/watch?v=gnEdQjiL73A) 

3 de octubre de 2014




Según mi madre, las tonterías del cine habían hecho demasiada mella en mi padre, tanto, que desde muy niño sintió la necesidad de hacer acrobacias, como su adorado Buster Keaton. Pero la realidad en la que vivía no había cabida para un soñador, ni tampoco para piruetas y mucho menos en tiempos de dificultades como aquellos por lo que, sin perder su sentido del humor, convenció a mi madre y emprendieron un nuevo rumbo, lejos de allí. Yo aún era muy niña pero recuerdo con claridad sus ocurrencias, algunas verdaderamente surrealistas, que llevaba a cabo sin el menor retraimiento, en cualquier momento del día y ante cualquiera. Quizá era su válvula de escape de una vida que al final no respondió a sus expectativas, porque su trabajo como conserje de un modesto hotel de San Francisco tampoco daba para grandes alegrías, pese a que el lugar era una fuente constante de variopintas anécdotas que después nos contaba desplegando toda su artillería gestual. E incluso, ese actor que llevaba dentro y que a su manera lo fue, le llevó a convertir la minucia en arte, como aquella mañana de domingo cuando nos demostró por medio de la mímica la forma de tender un puente entre dos continentes, conmigo ahí, sobre sus posaderas, para que yo comprobase que no me engañaba. Era una nimiedad, como tantas otras más que hicieron que tuviésemos uno de los álbumes de fotos familiares más originales y divertidos que he visto en mi vida. Y no, ese día, el del puente, aunque nos reímos mucho, no se cayó al agua.

(Foto: cortesía de Luis Argeo y http://tracesofspainintheus.org/)

· Fondo musical para acompañar la lectura: James Scott - The suffragette waltz (https://www.youtube.com/watch?v=1KjrD_B5X1M)

2 de octubre de 2014




Cuando aquel 28 de febrero de 1921 The Daily Mirror había dado la noticia de la desaparición del escritor Cedric Hightower un estremecimiento se apoderó de la nación porque sus lectores se contaban por miles. El autor de “Aflicción”, “Pesimismo” y “Tormento”, la célebre Trilogía de la Desesperación que le elevó a los altares de las letras inglesas, había dejado de publicar su columna diaria en aquel periódico. Y lo que en un principio se achacó a una posible indisposición, ya que aquel invierno había sido uno de los más fríos de los últimos años, pronto se transformó en un enigmático mutismo que, al prolongarse en el tiempo, fue generando todo tipo de especulaciones, algunas incluso descabelladas, como que había abandonando la vida mundana para convertirse en un monje hinduista. Varias décadas después, cuando la figura Hightower yacía en el más absoluto de los olvidos, una apacible anciana llamada Abigail Proudfoot reavivó el misterio al afirmar en su lecho de muerte que ella había sido su ama de llaves, y que si antes no había dicho nada era, simplemente, por proteger al escritor. Según sus palabras, éste sufrió un boqueo creativo de tal magnitud que le sumió en una endiablado enfrentamiento contra sí mismo y contra su propio personaje, Satnam, el faquir existencialista que se enfrentaba al racionalismo en la trilogía que un día le había catapultado a la fama.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Vivaldi - Eja mater, fons amoris, Stabat Mater RV 621 (Andreas Scholl) (https://www.youtube.com/watch?v=LArWaKXUI2I)