2 de diciembre de 2016




El más alto y quien parece un paréntesis es Anatoli Sergéevich Nikolaev, un ser propenso a emocionarse con cualquier nadería que sucediese ante su cara. El otro es Kazimir Ivanovich Petrov que era un poco bruto ya que lo único que había visto en su vida era el campo que araba desde el tractor de su padre. Y luego yo, Vitali Arkádievich Bogomolov, hijo del sastre de Lemtybozh, el pueblo a pie de los Urales que nos vio nacer a los tres, porque nos conocíamos desde la infancia. Eran mis mejores amigos. Y nos alistamos en la marina. Queríamos ver mundo, conocer otros países, otras gentes. Fue una experiencia única. Sobre todo cuando vimos en una ciudad inglesa a un cosaco vestido de rojo con un extraño sombrero de astracán que poco se parecía al nuestro. Y al servicio de una reina. Y además, lo que era aún más indignante, que era nuestro camarada Mikhail, quien se hacía llamar con un ridículo nombre, algo así como Michael, y quien, muy estirado y con cierta arrogancia, después de hacer varias bobadas con un fusil que dejaban a los demás boquiabiertos, nos confesó en voz baja que en Londres, al menos, no pasaba tanto frío.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Red Army Choir - Polyushko polye