7 de abril de 2017



Confieso que mi madre siempre ha sido una mujer muy posesiva y que yo, ahora, a mis cuarenta y tantos años de edad, sigo siendo incapaz de superar mi extremada timidez que me bloquea cada vez que un chica pasa cerca de mi lado. Me cuesta mucho escribir estas palabras, pero necesito que se sepa la verdad y desmentir las calumnias que el vecindario ha vertido sobre mi persona tachándome de lunático, de depravado, de degenerado, a causa de un acto inofensivo que cometí no hace mucho en un momento de frenesí. Reconozco que fue una estupidez, una locura, un disparate, pero ese día sentí un hondo estremecimiento que quebró mi interior. Me consumía la angustia, me abrasaba la desesperación, me carcomían los nervios, me temblaban las manos. Era algo superior a mis fuerzas, algo incontrolable que no podía dominar, por ello, en un arrebato decidí poner en marcha el plan que venía pergeñando desde hacia semanas para conseguir lo que se había convertido en una compulsiva obsesión que me atormentaba cada vez que la veía, siempre tan quieta, tan serena, tan sensual, pero tan real que parecía tener vida. No, no lo pude evitar y me lancé ciegamente sin pensar en las consecuencias, sin calcular los riesgos que implicaba mi acción, improvisando, como el hecho de huir en un autobús de transporte público con un maniquí robado y una indumentaria poco adecuada para ocultar mi identidad.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Magic Sam – My love will never die (1967)