17 de marzo de 2017


Quiso el azar que me viera envuelto en uno de esos encargos poco estimulantes en el que, como reportero gráfico, tuve que cubrir la reunión anual de la Asociación del Reno de la que el redactor jefe del periódico local para el que trabajaba era el tesorero de la misma. Y una vez más el azar hizo acto de presencia haciendo que mi viejo automóvil sufriera una avería cuando recorría una inhóspita carretera de tierra en Kansas, quedándome tirado en medio de la nada hasta que, tras varias horas abandonado a mi suerte, aparecieron dos sonrientes damas que, al verme, detuvieron su vehículo no sin antes tomar sus precauciones. Lo que pasó después no tuvo importancia, ni siquiera el hecho de que no llegué a tiempo a la reunión, algo que agradecí. Pero días después, al mostrar las fotografías ya reveladas de las dos mujeres que me habían prestado auxilio se produjo un asombro general en la redacción cuando alguien creyó reconocer en esas damas a las hermanas Eudora y Felicity James, las famosas asaltadoras de bancos a las que la policía nunca pudo detener y cuyo rastro, al parecer, se perdió por las polvorientas carreteras de Kansas.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Whistler's Jug Band – Jug Band Special (1927)

13 de marzo de 2017


Hubo un momento en que la situación en la imprenta se volvió insostenible durante aquel cálido verano de 1952, acrecentándose nuestra irritación según pasaban los días porque las diversas medidas que se habían tomado resultaron un fracaso. Incluso Ulrich Wörner, el oficial de primera y representante del sindicato, había puesto en conocimiento de la junta directiva nuestra desesperación, demandando una solución a las indignantes condiciones que teníamos que soportar a lo largo de la jornada laboral. Hasta que el hijo del patrón, que había estudiado leyes en la universidad de Köln y que en ese período hacía prácticas en el departamento de recursos humanos, tuvo una feliz idea para mitigar el hedor de los sobacos, cada vez más insoportable por la nula ventilación de la nave. Idea que el padre recibió sin disimular el orgullo que sentía por su vástago. Pero las paradas de cinco minutos por cada hora de trabajo tan solo sirvieron para que desarrolláramos un poco más de músculo, porque el azar quiso que el extractor estuviese averiado mientras duró la ola de calor.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Friedel Hensch un die Cyprys: Die försterlieserl